II. UNA NUEVA DIPLOMACIA PARA UN MUNDO MÁS HUMANO

Lloyd Axworthy y Knut Vollebaek

Uno de los retos más importantes a los que nos enfrentamos es conseguir un mundo más humano. Esta idea debe transformarse en algo más que una ilu-sión. Es un imperativo moral. Los acontecimientos que suceden en el mundo que nos rodea hablan por sí solos.

Necesitamos nuevas perspectivas y nuevas herramientas. Nos hace falta una nueva forma de diplomacia, que esté basada en los esfuerzos colectivos de una amplia gama de participantes, ya sean representantes de los gobiernos o de carácter independiente. Dependerá de nuestra habilidad para despertar la con-ciencia social sobre las necesidades humanas fundamentales en materia de se-guridad y requerirá un nuevo consenso plural para abordar las necesidades y derechos básicos humanos que afectan a la vida diaria de millones de personas.

Esta incipiente diplomacia supera las fronteras de las relaciones entre es-tados e implica a los individuos y a las organizaciones que tienen cabida en distintos sectores de la sociedad civil. El comienzo de este nuevo rumbo hacia un mundo más humano se puede reflejar en los éxitos obtenidos en la lucha contra las minas antipersonal y en las iniciativas para restringir la prolifera-ción de armas ligeras y de pequeño calibre. En ambos casos, la sociedad civil ha desempeñado un papel crucial, al coordinarse con la actuación de ciertos gobiernos que comparten su postura.

La Convención de Ottawa sobre Almacenamiento, Producción y Transfe-rencia de Minas antipersonal, que se negoció en Oslo, ha abierto nuevos ca-minos, porque se ha inspirado y llevado a cabo a través de la nueva diploma-cia. El proceso de Ottawa ha creado un instrumento jurídico internacional con carácter vinculante, materializado en el momento en el que Burkina Faso firmó su ratificación como signatario número cuarenta.

La creación de la Corte Penal Internacional para perseguir los crímenes contra la humanidad, el genocidio y los crímenes de guerra es otro ejemplo relevante a este respecto.

En el mundo actual se siguen tendencias preocupantes que son pernicio-sas en sí mismas y que amenazan el orden internacional establecido durante las últimas décadas. Un caso claro es el caos financiero que afectó a toda Asia y que demostró que la integración económica global puede aportar muchos beneficios, pero también puede acarrear una nueva serie de riesgos. Otro ejem-plo son las pruebas nucleares que tienen lugar en el Asia meridional, que ponen en peligro los esfuerzos realizados para frenar la proliferación de armas nucleares.

Estas tendencias plantean retos importantes a las organizaciones interna-cionales existentes y a los tratados que legislan la conducta de los estados. La comunidad internacional tendrá que hacer frente a un proceso de desintegra-ción e inestabilidad internacional que no ha tenido precedentes desde la dé-cada de los años treinta, a menos que en los años venideros se siga respetando el ordenamiento jurídico internacional.

Hay que hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para garantizar el pleno respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales, así como a las estipulaciones de las organizaciones internacionales cuyo objetivo con­siste en asegurar la observancia de los derechos humanos en todas las circuns­tancias y en todos los países. El desarrollo de armas de destrucción masiva provoca un peligro real y patente contra todos nosotros, aunque es cierto que la mayoría de las víctimas de conflictos que han tenido lugar en la última década han sido