IX. UN MUNDO SEDIENTO DE LEALTAD

Daniel Ellsberg

Una tarde de 1961 hice llegar una nota manuscrita al presidente John

F. Kennedy donde le comunicaba la respuesta que yo había propuesto a losmiembros del Estado Mayor de los Estados Unidos a la siguiente pregunta: «Si los planes nucleares actualmente proyectados, se llegaran a ejecutar, ¿cuántas víctimas mortales produciría en China y la Unión Soviética?»

La respuesta de alto secreto, «sólo para los ojos del presidente» reflejaba en un gráfico, mediante una línea recta ascendente, con intervalos de un mes, durante un período de seis meses, las muertes graduales a medio plazo provo-cadas por las lesiones y la lluvia radiactiva sumada a las muertes inmediatas consecuencia de la explosión, la radiación y la intensa onda térmica.

La cifra que recogía las muertes instantáneas durante las primeras horas y los primeros días tras los ataques de los Estados Unidos ascendía a 270 millo-nes. El gráfico recogía el aumento de la cifra durante los seis meses siguientes alcanzando un total de 320 millones de víctimas mortales.

Cuando la casa Blanca solicitó una información más detallada, el Estado Mayor calculó una cifra estimada de los números de personas residentes fuera de la Unión Soviética y China que serían víctimas indirectas de los ataques de los Estados Unidos, en caso de llevarse a cabo la entonces programada ofensi-va nuclear de alcance mundial. Las cifras recogían otros cien millones de víc-timas en Europa del Este, aproximadamente cien millones de víctimas morta-les más a causa de las lluvias radiactivas en países cercanos a la Unión Soviética, como Finlandia, Austria, Afganistán o Japón. Incluso si dichos países no lle-gaban a ser objetivo directo de los misiles nucleares. Finalmente habría que añadir una cantidad próxima a otros cien millones de europeos occidentales, que estarían a merced de las condiciones meteorológicas, según la estación del año y la dirección en la que el viento desplazara las lluvias radiactivas que se generarían como consecuencia de las detonaciones en el bloque soviético.

El número total de víctimas mortales resultante de los ataques estadouni-denses correspondientes a una primera ofensiva, que no se produjera como respuesta a una ofensiva bélica soviética previa, sino que se fundara en un conflicto convencional contra las fuerzas soviéticas desplegadas en el planeta, se estimó finalmente en unos 600 millones de muertos, es decir, el equivalen-te a cien holocaustos.

Estos planes a los que hago referencia no pueden considerarse simples estratagemas disuasorias, no eran únicamente un alarde de poder. Eran planes funcionales diseñados para ser ejecutados ante una gran variedad de posibles situaciones. Los preparatorios se habían completado y probado en varias oca-siones para que se pudieran llevar a cabo en un plazo de minutos u horas desde la emisión de la orden presidencial correspondiente.

Me pregunto cómo es posible que estadounidenses normales, conciuda-danos patriotas y reflexivos, hombres con los que trabajaba y bebía cerveza cada día, habían sido capaces de idear un mecanismo de destrucción de tal escala, preparado para que se ejecutara en cualquier momento. Este hecho supone para mí todo un dilema y a la vez una pesadilla que no he conseguido despejar desde entonces. Al mismo tiempo, es una realidad que se ha mante-nido viva hasta nuestros días, ya no sólo en Estados Unidos y Rusia, sino también —en una menor escala, pero no por ello menos peligrosa— en cada estado con potencial nuclear, independientemente de que haya reconocido su posesión. Se trata de una realidad sostenida desde el principio por la estrate-gia de secretismo de los gobiernos y por su afán de ocultar ciertas informacio-nes a los ciudadanos.

Para mí la cuestión esencial es qué debería haber hecho yo con la infor-mación a la que tuve acceso a principios de los sesenta. Ahora veo claro que debería haber copiado ese papel y habérselo facilitado a cada miembro del Congreso, a los principales periódicos, junto con muchos otros datos referen-tes a los planes que se estaban llevando a cabo y de los que yo estaba al tanto. Esa hubiera sido realmente mi obligación a pesar de haberme enfrentado a la posibilidad de ser condenado a cadena perpetua.