XII. UN MUNDO PARA LAS PERSONAS 

Richard Falk

Mis momentos más felices son los que pasaba con mi hija de ocho años, Rabinda, y con su hermano menor, Eduardo, al apagarles la luz por la noche. En esos momentos, se creaba entre nosotros una especie de magia cuando les leía a la luz de una linterna algún cuento maravilloso rescatado del pasado o inventaba algo que fuera extraño e improbable a plena luz del día, aunque bastante creíble en ese espacio oscuro, tan lleno de confianza y sobrecogimiento. Nunca salía de la habitación hasta que los dos niños se dormían y me ponía orgulloso ver lo rápido que sucedía.

Una noche, cuando ya estaba preparado para continuar con la larga saga de una feliz familia de dragones que había ido inventando a lo largo de varios días, Rabinda levantó la cabeza de la almohada y dijo estas palabras: «Papá, nos encantan tus cuentos, pero esta noche queremos hacerte una pregunta en serio y no podremos dormirnos hasta que nos contestes.» «Muy bien», res-pondí ocultando mi decepción porque estaba especialmente satisfecho con la nueva entrega de los dragones, «¿de qué se trata?» Eduardo lo explicó muy bien. «No estoy seguro, pero tiene que ver con todo eso de la guerra y la violencia que vemos todas las noches en la tele.» Rabinda añadió con calma: «Lo que queremos saber es si es posible que tengamos un mundo en paz don-de no haya hambre y donde los que mandan no maltraten a la gente.» Suspiré profundamente.

Y contesté con tanta paciencia como me fue posible: «lo intentaré, pero mañana volveremos a los dragones».

* * *

No se me dio muy bien aquella noche porque Rabinda y Eduardo cayeron dormidos rápidamente, sospecho que de aburrimiento, y no volvieron a ha-cerme ninguna pregunta de ese estilo. Pero la pregunta me seguía rondando la cabeza. Me mantuvo despierto las noches siguientes. Constantemente me preguntaba si la guerra era inevitable, si estábamos destruyendo los recursos del planeta, si los gobiernos de todo el mundo realmente necesitaban abusar de sus propios ciudadanos y luchar contra sus vecinos, y si se podría hacer que las Naciones Unidas cumplieran la promesa hecha en su Carta, concretamen-te esas famosas palabras de introducción, «preservar a las generaciones veni-deras del flagelo de la guerra». Al debatir estas preocupaciones con mis ami-gos de la universidad, percibí su incomodidad a causa de esas ideas tan poco convencionales que les parecían tan puramente irrealistas o peligrosamente radicales. Sus ojos, más que sus palabras, me provocaban el sentimiento de que plantear unas preguntas tan profundas era inútil y de que no veía los límites del cuestionamiento útil. Pero mi inquietud permanecía intacta. En cierto modo cedí y sólo me planteaba a mí mismo las preguntas de mis hijos, aunque seguía buscando mejores razones que me procuraran un poco de des-canso y que más tarde pudiera compartir con Rabinda y Eduardo con la espe-ranza de que esta vez pudiera mantenerlos despiertos hasta haber terminado.

Llegué a la conclusión de que en el mundo se habían realizado avances que eran de gran ayuda, que podrían servir para construir una visión de un mundo pacífico que podría vivir con sus propios medios materiales y tomaría medidas para reducir al mínimo el sufrimiento humano. En primer lugar me inspiraron las grandes figuras religiosas y espirituales de la historia de la Hu-manidad que habían hecho gala de una forma de vida que desafiaba la sabidu-ría convencional. Se me vinieron a la cabeza con fuerza Jesús y Buda, con sus revolucionarias ideas sobre la forma de vivir más adecuada, la paz y el amor y su dedicación incondicional a vivir la vida que predicaban a los demás. Y luego pensé en otros que dieron ejemplos similares, en San Francisco, Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, el Dalai Lama, Aung San Suu Kyi: una trayectoria visionaria que tenía efectos prácticos y la capacidad de cam-biar la historia.

Esas inspiradas figuras disfrutaron de seguidores devotos y sirvieron de testigos para la idea central de que lo que era deseable y necesario en la expe­riencia humana también era posible. No hay nada en la naturaleza humana o en la guerra que pueda hacernos pensar que es inútil esforzarse por construir un mundo basado en el respeto mutuo y la seguridad no-violenta y creer en estas metas. Pero también es cierto que los obstáculos son grandes. Los hábi-tos violentos se remontan muy atrás en la historia de la humanidad y parecen estar generalizados. Estos hábitos expresan concepciones sobre la seguridad profundamente arraigadas en la sociedad. Millones de personas se enriquecen y se hacen famosos vendiendo y utilizando material bélico. Sólidas redes for-madas por este tipo de individuos utilizan su dinero para ejercer influencia sobre los dirigentes políticos, en las elecciones e incluso en la cobertura infor-mativa de televisión y prensa. Por tanto, el esfuerzo por conseguir un mejor orden mundial es difícil, pero dista mucho de ser imposible.