XV. TODOS SOMOS ACTORES 

Jostein Gaarder

Hace dos siglos, Emmanuel Kant afirmó que era un imperativo moral funda-mental para todos los países aunar esfuerzos en una asociación de naciones que tuviera la responsabilidad de garantizar la coexistencia pacífica entre los países. El filósofo alemán puede ser considerado por lo tanto como el padrino de la idea de las Naciones Unidas y de la Declaración Universal de los Dere-chos Humanos de 1948. Desde luego, tenemos motivos para resaltar esta efe-mérides, sencillamente porque los derechos humanos aún necesitan ser de-fendidos de brutales violaciones e injusticias. La única diferencia es que desde hace más de cincuenta años contamos con una institución y un instrumento dedicados a defender algunos derechos humanos fundamentales.

Todos los días vemos ejemplos de la importancia que tiene disponer de ciertas reglas que deban ser respetadas por todos los estados, independiente-mente de su cultura y sus fronteras. Sin esas normas, sería imposible celebrar juicios por crímenes de guerra, por coartar la libertad de las personas o por cometer crímenes contra la humanidad. Se han establecido algunas limitacio-nes universales para definir hasta dónde llega la libertad individual o cuáles son los límites de los crímenes contra la humanidad. Se han concretado res-tricciones que determinan el alcance de lo que puede considerarse como asuntos privados o internos de los gobiernos de los países.

Puede que la «Declaración Universal de los Derechos Humanos» represen-te el máximo logro filosófico de la Historia, porque los derechos humanos no nos han venido dados por los dioses ni tampoco han surgido del aire. Hasta el momento, representan el final de un proceso de maduración de mil años. El desarrollo del propio concepto de los «derechos naturales» del hombre ha se-guido una larga y variada historia, indicativa de la evolución gradual de los hombres desde la tiranía y la arbitrariedad hacia la libertad y la humanidad. Y la historia no ha terminado. La Humanidad sigue avanzando todavía.

La pregunta fundamental, ante la llegada del nuevo milenio, es cuánto tiempo podremos seguir hablando de derechos sin concentrarnos también en la responsabilidad de los individuos. Necesitamos una nueva declaración uni­versal. Ha llegado la hora de promulgar una Declaración Universal de Obliga­ciones Humanas. Sencillamente, ya no tiene ningún sentido hablar de dere-chos sin hablar también de obligaciones de los individuos y de los estados. De la misma forma que si se tratara de una gran familia: en primer lugar, hay una serie de obligaciones relacionadas con la conducta personal, y luego, cada miembro de la familia puede poner de manifiesto el hecho de que posee de-terminados derechos. En el mundo actual hay cientos de organizaciones que trabajan por hacer valer los derechos de las personas mientras que apenas un puñado de ellas se preocupa de las obligaciones humanas.

Aunque el primer resultado pueda haber sido demasiado exiguo e insufi-ciente, el Acuerdo de Kyoto de 1998 es un indicio de hasta dónde es preciso llegar en relación con las obligaciones supranacionales respecto de la protec-ción del medio ambiente, los recursos mundiales y unas bases sostenibles para la vida humana y de los animales.

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Uno de los fundamentos más importantes de toda ética ha sido la siguiente regla de oro: «Compórtate con los demás como quisieras que se comportaran contigo». Emmanuel Kant enfatizó (o definió con mayor precisión) este prin­cipio de reciprocidad, al señalar que la forma de actuar adecuada es aquella que quisiéramos que el resto de personas siguiera en una situación parecida. Doscientos años después de Kant, quizás estemos empezando a asimilar el hecho de que este principio de reciprocidad debe aplicarse también a las rela-ciones entre los países ricos y los pobres. La nueva lección que debemos apren-der es que también debe incluir las relaciones entre las sucesivas generaciones.