XXXI. «¿PROHIBICIÓN DE LAS MINAS TERRESTRES? ¡NUNCA!»

Jody Williams

A finales de los años ochenta, un ex sargento británico se trasladó a Afganistán para realizar labores de asistencia humanitaria en un país que se encontraba en ruinas tras los años de ocupación soviética. Estaba decidido a poner en marcha programas de desarrollo agrícola, pero se topó con un terrible obstá-culo: el suelo de todo el país estaba sembrado, pero de «semillas de muerte». Cientos de miles de minas antipersonal desperdigadas por los campos amena-zaban con mutilar o matar a cualquiera que intentase cultivar la tierra. El ex militar terminó por colaborar en la creación de uno de los primeros progra-mas de eliminación de minas del mundo.

Otras organizaciones llevaban ya años trabajando en decenas de países para proporcionar prótesis a las víctimas de las minas. El sentimiento de que no bastaba con limitarse a aliviar el sufrimiento de las víctimas se hacía cada vez más intenso. Entonces, las organizaciones de defensa de los derechos hu-manos publicaron un informe escalofriante, «La guerra cobarde: las minas en Camboya», que contribuyó a fraguar un incipiente movimiento a favor de la prohibición. Aturdidas por el devastador impacto que las minas tienen en las personas y en sociedades enteras, las organizaciones comenzaron a impulsar mociones encaminadas a la prohibición de estas armas.

Sus esfuerzos humanitarios hicieron comprender a éstas y otras organiza-ciones civiles la seriedad y amplitud del problema de las minas antipersonal. Su experiencia en este campo impulsó a las organizaciones a unirse en un esfuerzo común que tenía por objetivo la prohibición mundial de las minas antipersonal y dotó a la campaña de autoridad moral. La Campaña Interna-cional para la Prohibición de las Minas Terrestres (ICBL — International Campaign to Ban Land Mines) se puso oficialmente en marcha en Nueva York en octubre de 1982. Seis organizaciones publicaron un «Llamamiento conjunto para la prohibición de las minas antipersonal» y decidieron celebrar la primera conferencia internacional sobre minas antipersonal patrocinada por organizaciones civiles; constituyeron un comité de dirección y designa-ron a Jody Williams como coordinadora.

Para aquellas organizaciones civiles, y para las más de 1.200 de 75 países de todo el mundo que posteriormente ratificaron el «Llamamiento conjun-to», la cuestión era sencilla y la petición, clara: 1) prohibición internacional del uso, fabricación, almacenaje y comercio de las minas antipersonal; y 2) mayores recursos para las actividades humanitarias de eliminación de las mi-nas y para la asistencia a las víctimas. Con el fin de conseguir estos objetivos, la ICBL reconoció que las distintas organizaciones civiles que la componían tendrían que trabajar en los ámbitos nacional, regional e internacional con el fin de concienciar la opinión pública y para crear la voluntad política necesa-ria para lograr la prohibición de estas minas.

Educar al público sobre los horrores que producen las minas antipersonal y sobre la necesidad de su prohibición resultó ser sorprendentemente senci­llo. No lleva mucho tiempo a los soldados o a los civiles comprender que las minas antipersonal son, de hecho, muy distintas a otras armas. Una vez que el soldado las ha colocado y se aleja de ellas, la mina no puede distinguir entre combatientes y civiles. Cuando se declara la paz, la mina no reconoce dicha paz y sigue mutilando y matando personas, la mayoría civiles y no pocos niños, durante