PRÓLOGO CONSTRUIR LA PAZ 

Fredrik S. Heffermehl

Una vez conocí a un joven noruego, a quien angustiaba la idea de tener que hacer el servicio militar. Le asustaba la posibilidad de tener que obedecer la orden de disparar a otros jóvenes como él o que quizás ellos le disparasen a él. Pensaba que aquellos mismos jóvenes compartirían con él sus ganas de vivir y que probablemente la única diferencia entre ellos y él consistía en el hecho de vivir al otro lado de una frontera trazada de forma bastante arbitraria. No obstante, un importante político conservador le acabó convenciendo para que realizara el servicio militar, argumentando que «necesitamos un ejército po-tente para conseguir que la (temible) Unión Soviética se siente a negociar y apruebe el desarme».

Entonces el joven pensó que todo el mundo debía estar tan impaciente de que se produjera el desarme, que éste terminaría llegando durante sus años de servicio en el ejército. Pero no fue así. Después abrigó la esperanza de que al menos su hermano, que era seis años más joven que él, no tuviera que llevar uniforme. Pero tampoco fue así y lo mismo sucedió con su segundo hermano, doce años menor. Y, mientras tanto, la carrera armamentística no cesó. Los expertos consideraron que debía fomentarse el «control armamentístico» en lu-gar del desarme. Después de cuatro décadas de angustioso riesgo al borde de la destrucción del planeta, la Guerra Fría llegó a su fin y en la renqueante Unión Soviética la necesidad de disponer de armas dio paso a la necesidad de disponer de comida. Era la coyuntura perfecta. Sin embargo, se dio cuenta de que se palpaba poco interés real por el desarme y llegó a la conclusión de que el milita-rismo se deja manejar por fuerzas más poderosas, esencialmente económicas, y que sólo una movilización masiva por la paz puede salvar la vida en este planeta.

Hoy, cuarenta años después, aquel joven, que ahora tiene 60 años, toda-vía espera poder ser testigo del desarme, aunque no de forma pasiva. Ha dedicado quince años de su vida a hacer campaña por la paz. Se siente hastia-do e impaciente, pero no ha abandonado. Os lo puedo asegurar, porque ese joven soy yo.

Este libro está dirigido a todos los que ansían que la interminable escalada de dolor, muerte, pérdida y destrucción del planeta llegue a su fin algún día y confían en que «ojalá sea posible». Los autores, todos ellos notables pacifistas, nos enseñan a través de su propia experiencia originada en una gran variedad de escenarios y perspectivas, que no hay duda de que «la paz es posible». Es posible, a pesar de los continuos gastos desorbitados en más y más armamen-to. Es posible, incluso sabiendo que millones de personas dependen del ejér-cito y de los preparativos de guerra para ganarse la vida y que además en la actualidad cuentan con el poder necesario para controlar incluso las decisio-nes políticas que conciernen a los presupuestos que se les asigna. Y es posible, a pesar de las huestes de periodistas que, en su afán de «describir el mundo tal como es», se empeñan en decirnos que nada se puede cambiar.

Lo cierto es que cuando a una idea le llega su momento, ésta cobra más fuerza que el avance de cualquier ejército. Los cambios más increíbles e ines-perados pueden hacerse realidad. Nadie sospechaba que el comunismo y el Telón de Acero se desmoronarían unos meses antes de que, efectivamente, así ocurriera. Del mismo modo, nadie imaginaba que la minoría blanca de Sudáfrica, que ostentaba todo el poder militar, tendría que acabar negocian-do con el prisionero Nelson Mandela, liberándole y convocando unas elec-ciones que le erigirían como el nuevo Presidente Mandela. Cuando la gente se une por una causa, el «milagro» ocurre. Posiblemente el mayor enemigo de la paz en el mundo sea la extendida creencia de que la paz es imposible. La clave está en añadir la expresión «y si fuera posible». Ahí radica la diferencia entre formar parte del problema o formar parte de la solución.

Las últimas generaciones han sido testigos de un gran avance en el desa­rrollo de nuestra conciencia ética colectiva. Tal es el ejemplo de los juicios de Nuremberg contra los criminales de guerra nazis en 1945, donde siete de ellos fueron acusados de ser responsables de crímenes de guerra de forma individual, con independencia de si sus actos fueron realizados bajo mandato

o en cumplimiento de las leyes del propio país. La dignidad e igualdad básicas de todos los seres humanos se han expresado en la Declaración de los Dere-chos Humanos y en la Convención sobre los Derechos Humanos de las Na-ciones Unidas. «Asuntos Internos» ya no exime de críticas y sanciones a aque-llos estados que cometen delitos graves contra sus ciudadanos. Las naciones que antes estaban esclavizadas, ahora tienen voz en la comunidad internacio-nal. Del mismo modo, las técnicas para la resolución de conflictos están evo-lucionando con gran rapidez. Tanto las ideas como las palabras tienen la fuer-za necesaria para cambiar el mundo y, de hecho, así lo hacen.

Las cuestiones militares y de seguridad pueden parecer demasiado com-plejas como para que los legos en la materia podamos formarnos una opinión propia al respecto. Pero no hay que dejarse intimidar. Si damos con un pro-blema que no alcanzamos a comprender, debemos preguntar al respecto. Aun-que parezca una simpleza, si preguntamos sistemáticamente sobre las cuestio-nes más básicas, descubriremos que incluso los expertos más seguros de sus conocimientos no son capaces de responder de forma convincente. El camino hacia el desarme comienza en el momento en que la gente empiece a plantear preguntas sencillas sobre cuestiones militares. Primero habrán de planteárse-las a sí mismos, a continuación a sus familias y compañeros, después en los mítines políticos, en la prensa y en los demás medios de comunicación:

¿Pueden las armas de destrucción masiva garantizar la seguridad en el mun-do? ¿Son la investigación y las pruebas para desarrollar nuevas armas nucleares (que constantemente se llevan a cabo) métodos útiles para hacer del mundo un lugar más seguro? ¿Nos aportan seguridad los juegos políticos del poder, el miedo y las amenazas? ¿Son los herrumbrosos submarinos nucleares que per-manecen sumergidos herramientas para una política de seguridad eficaz?

Estas preguntas me vienen a la mente desde hace tiempo y no sólo las guardo en mi interior, sino que se las he planteado a otros y he debatido con ellos al respecto. He aquí unos ejemplos de mis conclusiones:

—No es tan simple eliminar todas las armas y fuerzas militares.

—¿Quién dice que se haya de conseguir de la noche a la mañana? ¿Quién dice que no se puede establecer algún tipo de policía internacional que garan-tice el cumplimiento de las leyes y que asegure que todos los miembros de la comunidad internacional se sometan a las reglas? La única alternativa que nos queda es reducir el armamento. Hasta que no se unifiquen las posturas en esta cuestión, la carrera armamentística seguirá en aumento, porque el equilibrio armamentístico estable es una utopía.

—Pero ¿es que acaso es posible crear un mundo sin conflictos?

—No, porque, indudablemente, los conflictos forman parte de la vida de las naciones al igual que de los individuos. Pero esto no justifica los enfrentamientos violentos. Tenemos que resolver los conflictos de un modo civilizado y pacífico. Y, de hecho, así lo solemos hacer. ¿No constituyen la razón y el diálogo la norma dominante e incluso la ley, por encima de la violencia, a todos los niveles, tanto entre individuos, como entre estados e instituciones internacionales? La Carta de las Naciones Unidas obliga a los estados a resolver sus disputas sin recurrir a la fuerza.

La democracia es, en sí misma, un sistema para fomentar la resolución pacífica de los conflictos. Antaño los hombres defendían sus derechos por la fuerza bruta. Sin embargo, las sociedades civilizadas crearon leyes y tribunales y cuerpos policiales para garantizar que fueran eficaces. ¿No ha llegado ya el momento de que la comunidad internacional también se civilice?

—Es difícil imaginarse el desarme en un mundo tan lleno de desigualdades e injusticia.

—Cierto. Sin embargo, sólo una pequeña fracción de las cantidades astronómicas que se invierten en mantener estas desigualdades con medios militares, sería suficiente para asegurar refugio, agua potable, servicios sanita-rios y educación para todos. ¿No sería mucho más humano y racional enmen-dar las desigualdades? ¿No resultaría también más seguro? Existen estudios recientes que muestran que los gastos en programas nucleares de Estados Uni-dos ascienden a 5,8 billones de dólares, lo cual equivaldría a 1.000 dólares por habitante en el mundo actual. Además, estos datos corresponden única-mente a los presupuestos de los Estados Unidos y sólo reflejan las partidas referidas a armamento nuclear.

En febrero de 1999 los argumentos para justificar el gasto militar de Esta-dos Unidos fueron esgrimidos con extraordinaria claridad por su ministro de Defensa. En una conferencia dirigida a los trabajadores de Microsoft, «hizo desfilar sus estrategias» para consolidar la hegemonía militar de los Estados Unidos de cara al siglo XXI: «Me gustaría resaltar que la prosperidad que experimentan las empresas como Microsoft no sería posible sin la existencia de un poder mi-litar tan potente como el que tenemos». Seguidamente declaró a la prensa que

los conflictos en países lejanos como Bosnia, Corea e Iraq producen un efecto directo sobre la economía de los Estados Unidos. Los miles de mi-llones de dólares invertidos en mantener 100.000 soldados americanos en Corea del Sur y Japón, por ejemplo, estabilizan la situación en Asia y, por lo tanto, proporciona mercados más seguros para los productos esta-dounidenses. La victoria militar que mantuvo a raya a Iraq garantiza un flujo continuo de petróleo procedente del Golfo Pérsico. (AP, 18 de fe-brero, 1999)

La política estadounidense que «mantiene a raya» a Iraq mediante un em-bargo internacional, desencadena miles de muertes cada mes y, según estu-dios realizados por agencias de las Naciones Unidas, se ha cobrado ya más de un millón de vidas desde 1991. El precio en vidas humanas se eleva a la cate-goría de genocidio, mientras que los costes de la guerra moderna hacen que la política de los Estados Unidos se traduzca en una economía negativa. Entre 1990 y 1991, la Guerra del Golfo Pérsico produjo unas pérdidas para dicha región de unos 676.000 millones de dólares, es decir, una cantidad equiva-lente a la práctica totalidad de las ganancias obtenidas por venta de petróleo entre Irán e Iraq juntos, desde que comenzaron a exportar crudo.

Mientras que el poder militar se nutre financieramente de los presupues-tos públicos, el movimiento pacifista, que depende de rifas y colectas benéfi-cas de carácter privado, ha de enfrentarse continuamente con la escasez de medios económicos. Si los estados (u otras instituciones) invirtiesen sólo una minúscula parte de sus presupuestos militares en financiar los esfuerzos del movimiento pacifista para alcanzar el desarme, se liberarían enormes cantida-des de excedentes que aumentarían las posibilidades de cubrir las necesidades de la población.

—Conociendo la naturaleza humana, necesitamos armas potentes para de­fender nuestro país y a nosotros mismos.

—La reacción prácticamente instintiva frente a un vecino armado es la de intentar superar su fuerza, no la de igualarla. Una alternativa a esta situación consistiría en alcanzar un acuerdo para reducir sustancialmente los arsenales y concentrarse en fomentar la confianza y la cooperación. Sin embargo, los Estados Unidos continúa sin liquidar la deuda que tiene pendiente con las Naciones Unidas, que asciende a 14.000 millones de dólares. Al mismo tiem-po, sólo en 1999 su gasto nuclear ascendió a una cantidad nueve veces mayor a la antedicha, lo cual es un claro indicador de que algo va terriblemente mal. El propósito del poder militar es proteger el territorio y los recursos en interés de los ciudadanos. Sin embargo, contradictoriamente, en dichos territorios es donde se lleva a cabo el entrenamiento de las fuerzas militares de cada nación y la población cuenta con cazas de combate y barcos de guerra y carece de vivienda, pan, escuelas infantiles, servicios hospitalarios y educación.

¿Por cuánto tiempo podemos seguir intentando fomentar la seguridad con el armamento más moderno y eficiente? Si hacemos un recorrido por nuestra evolución a lo largo de la historia, la conclusión es escalofriante. Las armas han evolucionado desde las piedras y los palos a las espadas, los caño-nes, las granadas; desde los escudos y las armaduras, a los vehículos blinda-dos; las balas de cañón se han transformado en bombas aéreas, en misiles; las armas con capacidad de destruir casas han dado paso a las armas con potencia suficiente para destruir bloques enteros, ciudades e incluso todo el planeta. ¿Y la seguridad? En las guerras del pasado eran los soldados los que morían por proteger a la población civil. Irónicamente, en los conflictos bélicos actuales la mayoría de las víctimas son civiles.

La lucha de la humanidad por promover la seguridad oculta numerosas paradojas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) llevó a cabo hace dos décadas una amplia y costosa campaña con la que consiguió erradicar la vi-ruela de la faz de la tierra. Sin embargo, recientemente se ha filtrado la noticia de que los ejércitos, tanto de Estados Unidos como de Rusia, continuaron almacenado amplias muestras del virus, con las que hoy en día se podría des-encadenar una catástrofe, pues la población ya no está vacunada.

¿Hasta qué punto nos hace fuertes el arma más potente (si tenemos en cuenta que los márgenes de tiempo material para tomar decisiones que po-drían desencadenar el holocausto nuclear se reducen a minutos)? Me gustaría mencionar y honrar a una de las personas a las que debemos agradecer que sigamos existiendo, un coronel ruso llamado Stanislav Petrov. En una noche de septiembre de 1983, Petrov se mantuvo firme durante tres aterradores mi-nutos mientras las alarmas se disparaban y las luces avisaban de una falsa ofensiva nuclear en su búnker de control militar. Si en aquel momento hu-biera decidido cumplir las órdenes que le habían transmitido, los misiles so-viéticos hubieran borrado del mapa numerosas ciudades de los Estados Uni-dos. Habría significado nuestro fin. En un principio, se le prometieron los honores que había demostrado merecer, pero finalmente, se restó importan-cia al incidente y los abochornados jefes de Petrov terminaron dejándole de lado. Hoy reside en las afueras de Moscú, enfermo y olvidado.

¿No ha llegado ya el momento de reconocer la auténtica naturaleza del armamento moderno? ¿No está claro que es absolutamente inapropiado para el fin que se persigue? El poder militar no puede garantizar el objetivo por el que se le paga, no es capaz de proporcionar seguridad. ¿Cuánto tiempo más podemos seguir derrochando dinero en sistemas de seguridad que en realidad no se acercan a la perfección, sino más bien a todo lo contrario?

No nos ponen nada fácil que nos percatemos de esta realidad, porque existen fuertes intereses que están muy dispuestos a mantener la farsa. Sin embargo, resulta revelador despertar el hábito de plantear cuestiones, de com-parar los hechos con las palabras o unos tipos y otros de actuaciones, así como el cuestionar si dichas actuaciones están o no a la altura de los principios básicos. Nos sentimos ultrajados por la existencia de espionaje extranjero, ¿pero estamos acaso lo suficientemente en contra de los espías como para que nosotros mismos renunciemos a los nuestros? Tenemos claro que no nos gus-taría que Iraq contase con armamento nuclear, ¿pero qué nos hace perder de vista el hecho de que Israel cuente con este tipo de armamento desde hace tres décadas? Si se ha organizado una intervención de carácter humanitario para proteger a las poblaciones de Kosovo y Bosnia, ¿por qué no se ha tomado la misma decisión con respecto a los genocidios de mayor envergadura que tie-nen lugar en Timor Oriental a manos de Indonesia, o de los kurdos a manos de Turquía? Todas las conversaciones en favor de la paz, la justicia y la demo-cracia, deben ser observadas desde la desconfianza, puesto que con frecuencia ocultan una verdad que es opuesta a dichos valores.

Un ejemplo actual a este respecto es el Tratado de 1998 sobre la Corte Penal Internacional, que significa un gran avance para el derecho y el ordena-miento internacionales. Sin embargo, los Estados Unidos, junto con un pu-ñado más de países como China, Israel, Libia, Turquía y Yemen, se oponen categóricamente a la entrada en vigor del mismo, obstaculizando así una me-dida esencial que serviría para proteger a la población de las atrocidades de la guerra. Así, Estados Unidos se permite ultrajar impunemente tanto a estados como a individuos en todo el mundo, incurriendo en una violación de la soberanía territorial de otros estados. Estados Unidos no se somete al derecho esencial de recurrir a un tribunal internacional que tienen otros países, en aquellos casos en los que algún ciudadano estadounidense cometiese críme-nes de la peor categoría (crímenes de guerra, genocidio, crímenes contra la humanidad, etc.) en otro territorio.

Este tipo de políticas tan descabelladas sigue practicándose continuamen-te a espaldas de la opinión pública. Es imposible comprender lo que está sucediendo en el mundo si sólo contamos con lo que nos muestran los princi-pales medios de comunicación del mundo occidental. Durante mis años como estudiante de Derecho y, posteriormente, durante el ejercicio como abogado especializado en Derecho Mercantil, creía firmemente que la libertad de ex-presión en Noruega estaba garantizada. Sin embargo, cuando empecé a utili-zar dicha libertad de prensa para expresar ciertas opiniones polémicas, descu-brí una realidad muy diferente. No se me permitía alejarme del «debate autorizado», que gira en torno a las convenciones occidentales y sus intereses, pues si así lo hacía se rechazaban mis artículos. Para comprender el mundo actual, es imprescindible buscar puntos de vista e información provenientes de otras fuentes y otros bandos, a través de los medios de información alter-nativos, ahora también disponibles en internet.

En este volumen he seleccionado a los autores que, gracias a sus experien-cias recientes, considero que nos enseñan de la forma más apropiada el modo en que todos jugamos un papel importante en la construcción de las vías hacia un mundo en paz. Si me hubiera decidido por partir de una perspectiva más histórica, no habría sido necesario retroceder mucho en el tiempo para encontrar ejemplos de resolución pacífica de conflictos. A comienzos del si-glo XX, mi país, Noruega, se encontraba al borde de la guerra con la vecina Suecia. Noruega perseguía la escisión de la unión política existente para dar lugar a dos países distintos. Tanto el rey de Suecia como los poderes estableci-dos de ambos bandos estaban dispuestos a luchar. Pero los ciudadanos (cam-pesinos, mujeres, grupos pacifistas) iniciaron una campaña intensiva de con-tactos a ambos lados de la frontera y consiguieron evitar una guerra que podría haber pulverizado las relaciones bilaterales hasta nuestros días.

Del mismo modo, los conflictos existentes entre Suecia y Finlandia por las islas Aland acabaron solucionándose gracias a las negociaciones que tuvie-ron lugar en la segunda década del siglo XX, mientras que una disputa que surgió entre Noruega y Dinamarca por el control de Groenlandia se solucio-nó mediante un recurso ante el Tribunal Internacional de La Haya durante la década de los años treinta. Dichos acontecimientos fomentaron la creación de una comunidad basada en la seguridad recíproca que hacía impensable la posibilidad de belicismos entre los países nórdicos y que contribuyó a la cons-trucción de unas sociedades prósperas y organizadas. En la historia de otros países pueden encontrarse precedentes similares.

En la prolífica historia de los esfuerzos por la paz, existe un acontecimien­to que cabe señalar especialmente. Hace unos cien años, en 1899, el zar de Rusia convocó la Primera Conferencia de Paz de La Haya, con el propósito de debatir sobre desarme, resolución de conflictos internacionales y humanización de las leyes bélicas. La propuesta fue recibida con escepticismo y falta de confianza. El sir británico John Fischer declaró al respecto: «¡La humanización de la guerra! ¡Sería como intentar humanizar el mismísimo infierno!». Algunos llegaron a la conclusión de que los motivos reales de la propuesta del zar radicaban en que carecía de recursos económicos para fi-nanciar un ejército poderoso. El káiser Guillermo I de Alemania, se sintió agraviado por la propuesta y envió una misiva en respuesta a la invitación del zar, en la que respondía: «¡Imagínese a un monarca, máximo mandatario del ejército, que tenga que disolver sus tropas, avaladas por un siglo de historia... y que acabe presenciando cómo sus ciudades son entregadas a los anarquistas y a los demócratas!».

En aquellos días, las naciones contaban con ministerios de guerra y el concepto de guerra se asociaba con el honor y la gloria. Hoy en día, los minis-terios se denominan «de Defensa» y la guerra no goza ya de muy buena repu-tación. No obstante, a pesar del rechazo del derecho internacional y la opi-nión pública, prácticamente todos los países se encuentran preparados para la guerra y acumulan sin freno armamento potencialmente peligroso. Las con-ferencias internacionales sobre armamento se llevan a cabo, pero en ellas los políticos se enredan en discusiones sobre «estructuras de seguridad», adquisi-ción y exportación de armas, alianzas militares, etc. con un entusiasmo mu-cho más intenso que el que debería dedicarse al desarme integral.

La lucha para alcanzar el desarme avanza todavía por un camino tortuoso. Una amplia mayoría de países siguen insistiendo en el desarme nuclear y, según las encuestas llevadas a cabo en varios países que reconocen poseer ar-mamento nuclear, entre un 80% y un 90% de la población expresa este mis-mo deseo. El desarme nuclear es una obligación jurídica, como expresa la decisión unánime de 1996 del Tribunal de Naciones Unidas de La Haya. No obstante, el poder político que hace del mundo entero un potencial campo de exterminio nuclear, sigue en manos de pequeños grupos de personas concen-trados en un puñado de países.

En los últimos años se ha desarrollado un nuevo tipo de arma, unas nue-vas granadas anticarro, que contienen una elevada carga radiactiva de uranio empobrecido. Unas 100.000 granadas de este tipo fueron utilizadas contra Iraq durante la Guerra del Golfo en 1991, contaminando con radiactividad el territorio y a la población, y originando el denominado «síndrome del Golfo» entre los soldados de las fuerzas aliadas. Aunque los líderes militares manten-gan que esta acción es completamente aceptable, estoy convencido de que muy pocos ciudadanos estarían de acuerdo.

Los servicios de seguridad que operan como «estado dentro del estado» originan un problema adicional. En lugar de permitir que los propios parla-mentos, presidentes y primeros ministros ejerzan control sobre ellos, violan las leyes nacionales y extranjeras y son ellos los que controlan al ejecutivo. Los asuntos de defensa se tratan confidencialmente en reuniones de facciones exis-tentes dentro de los mismos parlamentos. Si hay algo que he aprendido, es que un ámbito democrático y de debate supuestamente protegido por el con-trol interno, pronto se torna opaco.

Cuando leí las palabras del káiser, me parecieron escritas en un lenguaje extraño y esperpéntico propio de un pasado remoto. Pero los ejemplos que acabo de mencionar relativos a la ausencia de influencia de la opinión pública en los asuntos militares, me producen cierta incómoda inquietud. Es posible que el káiser muriera hace ya mucho tiempo, pero ¿ha conseguido la demo-cracia en algún momento llegar a controlar al poder militar?

Con el comienzo del nuevo siglo y del nuevo milenio, la sociedad civil y sus organizaciones, denominadas ahora organizaciones no gubernamentales (ONG), están realizando un esfuerzo excepcional para hacerse con dicho control. Ya no quieren vivir más tiempo bajo el puño de los ejércitos, ya no les basta con humanizar las guerras, ahora creen que «es hora de abolir la guerra». Con este objetivo, se han unido en el Llamamiento por la Paz de la Haya, un proceso que se inició en 1997 y al que posteriormente se sumaron cientos de organizaciones civiles internacionales y nacionales de importancia. En contra de su voluntad, los gobiernos toleran sólo cuando es inevitable la presencia de organizaciones civiles en sus reuniones. Sin embargo, en esta ocasión una organización civil fue la que tomó la iniciativa de invitar a los gobiernos a que asistieran a una gran Conferencia de Paz en La Haya en mayo de 1999 y consiguió un asombroso índice de participación con aproximadamente 10.000 asistentes.

Uno de los objetivos de la conferencia consistía en el desarrollo de la «Agenda de La Haya para la Paz y la Justicia para el Siglo XXI». También se propuso el lanzamiento de una serie de iniciativas para llevar a cabo campa-ñas específicas en varios campos, como la educación para la paz, la erradica-ción del alistamiento de niños soldados y la desmilitarización de la economía global. Otra de las metas consistió en mejorar y practicar nuevas formas de interacción entre los ciudadanos y los políticos, como es el caso del concepto de «Nueva Diplomacia», relativo a una diplomacia basada en unos principios más democráticos. Hoy en día, los diplomáticos que representan al pueblo hacen que se oigan las voces de los ciudadanos, no sólo en los pasillos en los que los diplomáticos acreditados discuten el funcionamiento de nuestro mun-do, sino también en las tribunas de oradores y en las mesas de negociaciones.

La sociedad civil está también aprendiendo a beneficiarse de las nuevas tecnologías de la comunicación, que tienen poder suficiente para cambiar los sistemas y equilibrios de poder existentes. Un ejemplo claro de lo que los ciudadanos son capaces de hacer mediante la planificación de programas de actuación y la intención de hacer que sucedan cosas totalmente «imposibles» es la Batalla de Seattle que consiguió que todas las miradas repararan en la Organización Mundial del Comercio. En esta obra se muestra el modo en el que en los últimos años hemos conseguido la prohibición de las minas terres-tres, como nos cuenta Jody Williams en su artículo, y la ratificación de la Corte Penal Internacional que describe Bill Pace. Al principio, todos los ex-pertos afirmaban que estos tratados tardarían décadas en llevarse a término. Sin embargo, ambos vieron la luz en el plazo de un lustro, gracias a la insis-tencia de las organizaciones civiles.

Vivimos en el único planeta verde del Universo, disfrutamos de una be-lleza y una variedad natural en forma y en biodiversidad absolutamente fasci-nantes. Ninguna generación ostenta el derecho a desbaratar o incluso a poner en riesgo, la historia de las sociedades humanas, sus culturas y logros en músi-ca y danza, pintura, filosofía, gastronomía, ciencias sociales, ciencia, arquitec-tura y artesanía, que han ido evolucionando a lo largo de tantos siglos. El empleo indebido de la tecnología y las diferencias ideológicas confluentes en un determinado instante de la historia, pueden provocar la desaparición de las maravillas de la vida en este planeta, lo cual plantearía una terrible parado-ja carente de perspectiva y mesura.

La militarización de la economía está logrando ejercer la influencia negati­va sobre la que ya advirtió el antiguo General y Presidente de los Estados Uni­dos Dwight D. Eisenhower. La tendencia va en aumento con cada conflicto bélico que estalla y con cada nueva inversión en desarrollo armamentístico. Ahora, la novedad más reciente es que dichas fuerzas pretenden el control total y global del espacio. Será una tarea ardua detenerlas, pero no queda otra alter­nativa. La necesidad de oscuridad recuerda a aquella antigua leyenda noruega, en la que un gigante horrible, un troll, vivía en los bosques, temeroso del ama-necer, pues si se exponía a un rayo de sol se desintegraría. Mi sueño personal me conduce al día en el que este órgano militar y económico se vea despojado de toda cobertura y muestre su monstruosa irracionalidad al mundo.

Espero que el eslogan que una vez escuché en una conferencia de paz, despierte las conciencias de los lectores como despertó la mía propia: Si sueño solo, se trata de sólo un sueño, pero si soñamos juntos, es el comienzo de una nueva realidad.