I. LOS NIÑOS ENSEÑAN A LOS ADULTOS A NO ENFRENTARSE

Cecilio Adorna

Para cierta parte de la población del planeta, la más afortunada, unas eleccio-nes nacionales son un acontecimiento normal. Sin embargo, para Colombia, el 26 de octubre de 1997 fue un día mágico. La magia se originó gracias a los hechos que hicieron que un número insólito de ciudadanos se aglomerara ante las urnas para pronunciar la afirmación personal y el compromiso que se vino a denominar comúnmente como el Mandato ciudadano por la paz, la vida y la libertad, que de pronto materializó esa magia en la promesa de con-seguir un horizonte futuro de paz.

Los aproximadamente 37 millones de habitantes de esta nación surameri-cana estaban ya sobradamente acostumbrados a que los periódicos se alimen-taran diariamente de la violencia, las masacres, los secuestros, las amenazas y la extorsión, el desplazamiento de civiles, el tráfico de drogas y los ejércitos privados. El conflicto mantenido durante 40 años entre algunas facciones de la guerrilla, por un lado, y el ejército y las fuerzas de defensa interna, por otro, fue incubando un inmenso caos de crimen y delincuencia, que inflige un sufrimiento interminable en la población, corrompe las instituciones y arrastra a los niños a tomar parte en el círculo de violencia. En la agenda del gobierno seguía sin aparecer la paz como objetivo pendiente y, mientras, los defensores de los derechos humanos se veían incapaces de conseguir ningún resultado ante el temor de las amenazas y las intimidaciones. Hacia 1995, cuando el país entró en un auténtico estado de desgobierno, sólo una alterna-tiva parecía posible, la sociedad civil debía ejercer toda su influencia para frenar el baño de sangre.

La movilización de la población consiguió sus objetivos aquel día de octu-bre de 1997, en el que diez millones de colombianos hicieron resonar sus votos por la paz. Se trataba de un hecho sin precedentes que los adultos más realistas no habían dudado en calificar como «inviable», «divisivo», «demasia-do peligroso». Tuvieron que ser 2,7 millones de niños los que dieran la cara por las elecciones en favor de sus propios derechos y demostraran a los adul-tos que sí era posible. Al mismo tiempo, también se demostró que los niños poseen el potencial necesario para dirigir las sociedades en la realización de cambios fundamentales.

¿Por qué era tan importante para Colombia un referéndum de adultos por la paz? ¿Qué papel desempeñó el movimiento infantil en el mismo? ¿Cómo sucedió todo? Permítanme explicárselo:

La visita que realizó Graça Machel, en abril de 1996, a los municipios colombianos en los que las confrontaciones armadas eran más graves, resultó ser un potente catalizador. Se encontraba preparando un estudio para las Na-ciones Unidas sobre el impacto que producen en los niños los conflictos ar-mados. La preparación de lo que iban a contar a la señora Graça Machel, dio la oportunidad a un gran número de jóvenes de conocerse y crear una red entre ellos, así como de establecer contactos directos con dirigentes de la ad-ministración local.

La idea de conceder a los niños un derecho de voto ad hoc para defender sus derechos no era nueva del todo, puesto que ya se había desarrollado en Ecuador y probado por UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infan-cia) en Mozambique en 1993. En América Latina y en el Caribe ya se habían puesto en marcha diversas formas de participación infantil recogidas en la Convención sobre los Derechos del Niño, en una iniciativa denominada «La voz de los niños».