XXV. LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DELOS CIENTÍFICOS

Joseph Rotblat

El siglo XX ha sido un siglo único en la historia porque durante su transcurso se han producido muchos más cambios fundamentales que en todos los siglos precedentes. Dichos cambios han sido tanto para bien como para mal. Algu-nos avances han aportado enormes beneficios a la humanidad y otras innova-ciones han llegado a poner en peligro la misma existencia del ser humano. El mundo de hoy es, en definitiva, completamente diferente al de hace cien años.

Muchos factores han contribuido a que estos cambios tuvieran lugar pero, sin duda alguna, el factor dominante y más importante ha sido el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Los científicos somos los principales responsa-bles tanto de las inmensas bendiciones de las que hoy nos beneficiamos, como de los graves peligros a los que tenemos que hacer frente.

En el pasado se consideraba que la ciencia era un campo del saber com-pletamente desligado de la vida cotidiana. Los científicos se refugiaban en su «torre de marfil» con el pretexto de que su trabajo no tenía nada que ver con el bienestar de la sociedad. El principal propósito de la investigación científi-ca, afirmaban, consistía en entender las leyes de la naturaleza y, dado que estas leyes son inmutables e independientes de las reacciones y las emociones humanas, los sentimientos y pensamientos del ser humano no tenían lugar en el estudio de la naturaleza. Incluso cuando la investigación científica traspasa-ba los límites de la mera observación pasiva de los fenómenos naturales, mu-chos científicos seguían sosteniendo esta postura de refugiarse en su torre de marfil. Con esta actitud, intentaban eludir sus responsabilidades ante la so-ciedad, refugiándose bajo preceptos del estilo de «la ciencia sólo debe com-prometerse con sus propios intereses», «la ciencia es ajena a la política», «no se puede culpar a la ciencia del empleo indebido que se hace de ella» o «los científicos son tan sólo trabajadores especializados».

Estos argumentos fueron una falacia en el pasado y desde luego lo siguen siendo en nuestros días. Son muchos los científicos que siguen defendiendo que la ciencia debe regirse por las reglas del laissez faire. No obstante son cada día más los que se rinden ante la evidencia de la naturaleza caprichosa de la ciencia, las dimensiones que ha alcanzado, sus herramientas, su imagen y —sobre todo— ante su capacidad de afectar los asuntos nacionales e internacionales.

La ciencia ha perdido la inocencia y hoy tiene un papel fundamental en prácticamente cada aspecto de la vida, principalmente en los aspectos relacio-nados con la seguridad mundial. En la actualidad, la investigación científica produce un impacto directo en las relaciones políticas entre los estados y, también al contrario, los acontecimientos políticos influyen en los objetivos de la investigación científica.

Esta tendencia quedó bien demostrada durante la Segunda Guerra Mun-dial, con el desarrollo de las armas nucleares. La bomba atómica lanzada so-bre Hiroshima, en agosto de 1945, marcó el comienzo de una nueva era, la era nuclear.

La era nuclear es una criatura creada por los científicos que dio disgustos desde su origen. Fue concebida en secreto por un estado que demostró un desprecio total por los dos principios básicos de la ciencia, que son la transpa­rencia y la universalidad. Incluso antes de que finalizara su gestación, otro estado la usurpó con el fin de utilizarla como arma del poder político. Con estos defectos genéticos, amamantada por un ejército de siniestros científicos, no es de extrañar que la criatura creciera con la forma de un monstruo de 100.000 cabezas, pero nada menos que cabezas nucleares. Se metamorfoseó en un monstruo capaz de despertar