X. LA MARCHA POR LA PAZ A MOSCÚ

Tulle Elster

Ninguno de nosotros sabe el efecto que tenemos o producimos en otras personas. Es un secreto al que no tenemos acceso y que debe permanecer así. A veces se nos permite percibir una pequeña parte de este efecto, para que no decaiga nuestro ánimo. Los caminos del poder son misteriosos.

Albert Schweizer

Cuatro años antes de la Marcha escandinava Estocolmo-Moscú-Minsk de 1982, me reuní de nuevo con Grigori Lokshin que era miembro del Comité de Paz soviético. Ya corrían nuevos tiempos en la Unión Soviética. Breshnev había muerto. Los ancianos Andropov y Chernenko le habían seguido primero en el cargo como presidentes y después en el camino a la sepultura. Y después de 40 años de vida en jaque por una posible hecatombe nuclear, por fin se había producido un cambio. Un hombre lleno de ideas nuevas supo reconocer la posibilidad, la aprovechó y puso en marcha un proceso completamente inno­vador, que se vino a conocer como Perestroika y Glásnost.

Mijaíl Gorbachov, que entonces tenía 42 años, se ganó rápidamente el corazón de los ciudadanos occidentales de a pie con sus nuevas políticas, que incluían propuestas para el desarme nuclear, un tema que el movimiento pa-cifista venía reivindicando desde el bombardeo de Hiroshima. Después de nuestra marcha pacífica en la Unión Soviética, se abrió un debate público sobre si realmente ésta influyó de forma determinante o no en el proceso democrático que tuvo lugar posteriormente. Volví a reunirme con Grigori y aproveché la ocasión para preguntarle:

—¿Qué fue lo que originó en realidad los procesos de glásnost y perestroika?

Con una insólita expresión de incredulidad sincera en su rostro, me con-testó:

— ¡Y TÚ me lo preguntas! ¡TÚ, que fuiste la que lo organizó todo!

Me quedé completamente estupefacta.

—¿YO? No sé a qué te refieres.

—¿No lo recuerdas? —me dijo, con un tono casi de ofensa— ¡Pero si fuiste tú la que organizó el primer encuentro democrático en la Unión Sovié-tica después de la Revolución!

En aquel momento pensé que no estaba hablando en serio. Pero si vuelvo la vista al pasado, me doy cuenta de lo cierto que es el proverbio chino: «Has-ta el camino más largo comienza con un primer paso.» Aunque nuestra ini-ciativa no fue ni la primera ni la última, la marcha pacífica que organizamos fue uno de los muchos «primeros pasos» necesarios para que se produjera un efecto similar al de una bola de nieve, que ha seguido aumentando hasta la actualidad.

Nuestra marcha sirvió de inspiración para otras acciones, del mismo modo en que nosotros nos inspiramos en otros gestos que se habían realizado con anterioridad. Hoy estamos en deuda con pequeños grupos pacifistas de Euro­pa y los Estados Unidos que han tenido un papel relevante en la historia desde comienzos del siglo XVIII y que deben su existencia a los cuáqueros. Hemos de estar agradecidos a Bertha von Suttner, que estremeció al mundo con su novela de 1889 Die Waffen nieder1 (Abajo las armas), traducida a 40 idiomas. Aún en nuestros días, su novela sigue siendo de lectura recomenda­ble. Dos años después de su publicación, esta escritora participó activamente en el Congreso por la Paz de Roma, en el que se estableció el International Peace Bureau, la entidad internacional con sede en Ginebra que hoy integra a 235 organizaciones pacifistas de todo el mundo.