XXXII. HAY LUGAR PARA LA ESPERANZA 

Howard Zinn

En la primavera de 1988 tomé la repentina decisión de dejar la enseñanza. Llevaba discutiendo más de 30 años con mis alumnos de Atlanta, Boston y París los problemas de la reciente política de Estados Unidos, la guerra de Vietnam, las cuestiones de justicia racial y social, la igualdad sexual, el aborto y los derechos de los homosexuales. Siempre insistí en que una educación de calidad se basaba en una síntesis de lectura de libros y participación en las acciones sociales, que eran actividades que se enriquecían mutuamente. Que-ría que mis alumnos supieran que la acumulación de conocimiento, aunque fascinante en sí misma, no era suficiente mientras hay tantas personas en el mundo que no tienen la oportunidad de experimentar esa fascinación.

La decisión de abandonar la enseñanza también me sorprendió a mí mis-mo, porque me encanta enseñar, pero quería más libertad, escribir, hablar con personas de todo el país y tener más tiempo para mi familia y amigos.

Pasé las semanas siguientes respondiendo invitaciones para participar en charlas por todo el país, y lo que descubrí fue alentador: en cualquier ciudad, grande o pequeña, independientemente de su situación geográfica, siempre había un grupo de hombres y mujeres preocupados por los enfermos, los hambrientos, las víctimas del racismo, los afectados por las guerras; personas que hacían algo, por poco que fuera, con la esperanza de que el mundo puede cambiar. Dondequiera que fuera, encontraba personas así. Y, más allá de los reducidos grupos de activistas, siempre parecía haber cientos, miles de perso-nas que tenían la mente abierta a ideas apartadas de la ortodoxia.

El problema es que a menudo desconocían la existencia de los demás y así, aunque perseveraban en sus esfuerzos, lo hacían con la paciencia desespe-rada de Sísifo empujando eternamente la piedra hacia la cima de la montaña. Intenté decir a cada uno de los grupos que no estaba solo en su trabajo y que las mismas personas que se veían desanimadas por la ausencia de un movi-miento nacional eran la prueba del potencial que dicho movimiento tiene. Supongo que, al mismo tiempo que intentaba convencerlos a ellos, trataba de convencerme a mí mismo.

La guerra del Golfo Pérsico contra Iraq, al principio de 1991, fue espe-cialmente descorazonadora para quienes tenían la esperanza de que las accio-nes militares estadounidenses a gran escala hubieran concluido con la guerra de Vietnam. La prensa informaba de que el 90 por ciento de quienes contes-taron a las encuestas, apoyaban la decisión del presidente Bush de entrar en guerra y todo el país parecía estar engalanado con lazos amarillos en apoyo de las tropas desplazadas al Golfo. No resultaba fácil oponerse a la guerra al mismo tiempo que dejábamos clara nuestra particular postura de apoyo a las tropas, pidiendo que las trajeran de vuelta a casa. En ese ambiente enrarecido, lo que pretendíamos parecía imposible de conseguir.

Y aun así, fuera donde fuera, no dejaba de verme sorprendido. Sencilla-mente, no me limitaba a hablar con reducidos públicos autoseleccionados con-trarios a la guerra, sino con grandes cantidades de estudiantes y comunidades universitarias y de enseñanza secundaria; y mi postura crítica con respecto a esa guerra, y a la guerra en general, se recibía con una sintonía muy marcada. Mi conclusión no fue que los estudios estaban equivocados al publicar que el 90 por ciento de la población apoyaba la guerra, sino que ese apoyo era super-ficial, tan débil como una burbuja inflada artificialmente por la propaganda gubernamental con la colaboración de los medios de comunicación, y que esa burbuja podría explotar con sólo unas cuantas horas de análisis crítico.