EPÍLOGO

Federico Mayor Zaragoza*

En 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos lideraron la fundación de la Organización de las Naciones Unidas, cuyo documento fundacional, la Carta de San Francisco, comienza así: «Nosotros, los pueblos, hemos decidido evitar a las generaciones futuras el horror de la guerra». Cua-tro años antes, en Pearl Harbour, el domingo 7 de diciembre de 1941, Japón había atacado por sorpresa la Base Naval de Hawai. Este ataque supuso la entrada de Estados Unidos en el conflicto mundial.

Sesenta años después de Pearl Harbour, un martes, 11 de septiembre de 2001, tuvieron lugar en Nueva York y Washington sendos atentados terro-ristas dirigidos contra dos símbolos del poder estadounidense: el financiero y el militar. En los albores de siglo y de milenio, esta horrible tragedia conmocionó al mundo entero, tanto por el número de víctimas como por su visibilidad —tuvo lugar prácticamente en directo, ante los ojos de millones de telespectadores—, y ha desencadenado la mayor crisis internacional des-de la Gran Guerra. Toda la familia humana se siente afectada, ya que al sangriento balance de víctimas se añade el dónde y el cómo han tenido lugar los atentados, que replantean aspectos fundamentales de la seguridad a esca-la internacional y la necesidad de tener en cuenta de nuevo a la humanidad en su conjunto. «Nosotros, los pueblos...»

Atentar contra una sola vida es un acto asesino para el que no se puede encontrar justificación. Hacerlo contra miles de ciudadanos indefensos es atroz y ha de impulsarnos a superar nuestra consternación e indignación y a contri-buir cada uno, con mayor determinación que nunca, a fortalecer la solidari-dad con todos los pueblos de la Tierra. Y esto hemos de hacerlo todos unidos, sin fisuras, porque todos hemos sido alcanzados por el impacto asesino. De-bemos permanecer unidos para defender, día a día, unos valores que pueden evitar los desgarros sociales, la marginación y la exclusión. Todos juntos para dar el imprescindible vigor a las medidas que se adopten para paliar rápida-mente la «vulnerabilidad física» que padecemos. También deberemos, todos juntos, aplicar medidas correctoras de la «vulnerabilidad moral» de nuestros tiempos. Situarnos todos del lado de la vida y prevenir, en toda la medida posible y con todos los medios a nuestro alcance, acontecimientos que se han quedado imborrables en nuestros ojos y aquellos que, aunque menos aparen-tes, constituyen la realidad cotidiana de tantos y tantos seres humanos.

Pero la consternación no debe cegarnos, sino más bien mantenernos des-piertos y vigías. En los momentos de gran tensión humana, si se piensa en grande, si se piensa en todos, se acierta. Si se piensa en pequeño, en unos cuantos, se yerra. La legitimidad moral implica que la libertad, la igualdad y la justicia se apliquen a escala global. Por otro lado, acciones como éstas, movidas por el fanatismo suicida, obligan a replantear toda la estrategia bélica y de seguridad de los estados y de las alianzas internacionales. Parece obvio que es muy difícil combatir desde la luz a quienes se mueven en la oscuridad. Se hace necesario convocar —de modo similar a como hizo Estados Unidos en 1945— una gran Asamblea para la Paz, la Justicia y la Seguridad en el seno de las Naciones Unidas, que contribuya a devolver a la Organización la fuerza y la capacidad de anticipación y de prevención que es su razón de ser: «evitar a las generaciones futuras el horror de la guerra». De este modo, al igual que hicieron al final de aquella guerra —guerra en la que se emplearon las prácti-cas más abominables, el genocidio y el holocausto—, los pueblos del mundo se unirían ahora para enderezar muchos rumbos torcidos y hacer frente co-mún contra quienes han provocado esta horrenda catástrofe.

El terrorismo, venga de donde venga, es repudiable, sin paliativos. Tengo en mi mente y