XI. EL PUEBLO DIALOGA CON EL PODER 

Scilla Elworthy

En 1982, en una época en la que muchos se preocupaban por la alarmante proliferación del armamento nuclear, llegué a Nueva York con motivo de la Segunda Sesión Especial sobre Desarme llevada a cabo por las Naciones Uni­das. En las Naciones Unidas, los debates entre diplomáticos duraban ya desde hacía una semana sin obtener resultados positivos. Entonces se convocó una manifestación por las calles de Nueva York en la que participaron un millón de personas de todo el mundo, para expresar su deseo irrefrenable de que se prohibieran las armas nucleares. Durante todo el día me dediqué a mezclar­me entre la multitud y me sentí profundamente impresionada. Era un acon­tecimiento pacífico, alegre y, desde mi punto de vista, muy hermoso. Creo que nunca he visto a tantas personas manifestándose en las calles por la mis-ma una causa. De hecho, el periódico The New York Times dedicó cinco pági-nas completas a la noticia en su edición del día siguiente.

Sin embargo, cuando volví al edificio de las Naciones Unidas, nada pare-cía haber cambiado. Los países no habían alterado sus posturas ni en un milí-metro. Parecía como si no hubiera habido ninguna manifestación durante la jornada anterior. Desde el tranvía en el que viajaba de pie, como de costum-bre, y mientras recorría las calles de Broadway, se me ocurrió que si fuera posible saber quién toma las decisiones sobre política nuclear, quiénes son las personas que manejan los hilos y que se dedican plenamente a ello, y si pu-diéramos dialogar con ellos personalmente en lugar de gritarles por las calles, entonces, quizás podríamos cambiar realmente el rumbo de la historia.

De nuevo en casa, en Woodstock, cerca de Oxford, dos amigos y yo nos reunimos un día en torno a la mesa de la cocina para intentar llevar mi idea a la práctica. No sabíamos por dónde empezar, de modo que comenzamos por lo que nos pareció que sería lo más difícil, iniciar las negociaciones con Chi­na. Intentaré resumir en pocas palabras lo que en realidad es una larga histo­ria. Desde hacía cuatro años nuestro colectivo se había ganado el reconoci­miento de la comunidad. Nos llamamos el Oxford Research Group (Grupo de Investigación de Oxford). En total éramos ocho miembros y habíamos conse­guido financiarnos mediante los fondos benéficos de las organizaciones cuá­queras. Publicamos nuestro primer libro, que se titulaba How Nuclear Weapons Decisions are Made (Cómo se determinan las políticas nucleares). Ahora, en 1998, ya tenemos en nuestro haber treinta títulos. Seguimos siendo un grupo reducido al que siguen perteneciendo muchos de los miembros fundadores. Disponemos de un presupuesto muy reducido y trabajamos en una casa par-ticular que se encuentra en una ribera en un pintoresco pueblo cerca de Oxford.

Desde el principio, llevamos a cabo investigaciones para comprobar si la idea inicial, que consistía en fomentar el diálogo entre grupos de ciudadanos y autoridades que toman las decisiones, podría ponerse en práctica. Después de obtener resultados positivos en un primer experimento piloto, consegui-mos que setenta agrupaciones se comprometieran con nuestra causa, entre ellos, grupos de cuáqueros, de mujeres, de médicos, profesores y religiosos que compartían su preocupación por la escalada nuclear y que estaban dis-puestos a llevar a cabo ciertas acciones y a tomar parte en un proyecto a largo plazo. A cada grupo se le entregó un paquete de información sobre un res-ponsable político británico determinado y su homólogo chino. Decidimos hacerlo de este modo, porque considerábamos importante que los grupos en-tendieran que se trataba de un problema mundial y no únicamente de Occi-dente. Además les ofrecimos asesoramiento sobre cómo asumir el problema, por ejemplo, cómo superar su propio sentimiento individual de descontento, cómo desempeñar una investigación metódica para poder escribir una carta inicial que pudiera despertar el interés de los responsables políticos, para pre-parar un encuentro, etc. A su vez, recomendamos que siempre terminaran las cartas solicitando respuesta por escrito, para evitar que el asunto se dejara de lado, o que añadieran al final la sugerencia de que el receptor de la carta se pusiera en contacto con otro responsable político sobre el que cada grupo supiera con certeza que ya estaba a favor de la iniciativa.