XIII. EL PODER DE LAS IDEAS 

Dietrich Fischer

Cuando Johan Galtung, ciudadano noruego reconocido mundialmente como el fundador de la investigación para la paz, fundó el primer Instituto Interna-cional de Investigación para la Paz en Oslo, en 1959, él y sus compañeros enviaron copias de sus documentos de trabajo a unos 400 institutos de todo el mundo, entre los que se incluía el Instituto para la Economía Mundial y las Relaciones Internacionales (IMEMO) de Moscú. Recibieron respuestas de mu-chos lugares, pero nunca tuvieron ninguna noticia del IMEMO. Era como si los documentos hubieran desaparecido en un agujero negro sin dejar rastro. A pesar de la ausencia de reacciones, los miembros del equipo de Oslo conti-nuaron enviando con insistencia sus documentos sobre planteamientos alter-nativos para la paz, la seguridad y el desarrollo al IMEMO durante los años sesenta y setenta.

En 1979, Johan Galtung asistió a una conferencia en el IMEMO. En uno de los descansos, el bibliotecario lo acompañó al sótano, donde estaba la bi-blioteca, abrió una sala que estaba cerrada con llave, abrió un armario que también estaba cerrado y le enseñó un montón de papeles. Ahí estaban todos los documentos que él y sus compañeros llevaban años enviando. Aquél era el «agujero negro». Para su sorpresa, los documentos estaban ajados por haber pasado por muchas manos, tenían los bordes torcidos y rasgados, con frag-mentos subrayados y numerosas notas al margen.

En 1991, Vladimir Petrovski, el viceministro soviético de Asuntos Exte-riores, visitó a Johan Galtung en Oslo y le dijo:

quería manifestarle nuestro profundo agradecimiento por habernos faci-litado todos los documentos que nunca dejaron de enviarnos. Durante la era Breznev, formé parte de un grupo de jóvenes miembros del IMEMO que se reunían con frecuencia para debatir nuevas ideas y, entre otros, estudiamos a conciencia sus libros y documentos. Sabíamos que nuestro sistema necesitaba ser reformado y que se aproximaba el momento del cambio y ustedes nos proporcionaron valiosos conceptos nuevos e ideas concretas sobre cómo proceder.

El final de la Guerra Fría se originó de muchas formas, pero las nuevas ideas aportadas por los movimientos pacifistas occidentales —sobre los dere-chos humanos, la participación económica y política, la resolución no violen-ta de conflictos, la seguridad basada en la cooperación mutua en lugar de en amenazas y confrontaciones, la conversión de las industrias militares a usos civiles y el modelo de defensa no ofensivo— que se filtraron hacia la antigua Unión Soviética a través de diversos canales y que aparentemente encontra-ron oídos receptivos, tuvieron un papel muy importante.

¿Pueden los individuos cambiar el curso de la historia o son insignifican-tes sus esfuerzos si se comparan con las tendencias generales, como el movi-miento de una sola molécula en el viento? Está claro que si una situación no es propicia para el cambio, si nadie quiere escuchar nuevas propuestas, un individuo no puede marcar la diferencia. Pero si las personas no están satisfe-chas con su situación y buscan nuevas formas de actuar, una buena idea si se argumenta persuasivamente puede llegar muy lejos.

Pero aún así, cuando se presenta la oportunidad de efectuar un cambio significativo, alguien debe aprovecharla o, de lo contrario, podría pasar de largo. Es como si se planta un naranjo en el desierto: tarde o temprano se secará y morirá. Pero incluso en el suelo más fértil y en las mejores condicio-nes climáticas, sólo crecen espinos a menos que se plante algo mejor. Y nunca podemos saber con seguridad si lo que en apariencia es un desierto no oculta bajo la superficie un terreno fértil en el que una sola semilla podría originar, con el paso del tiempo, todo un bosque. Aunque no veamos los resultados de nuestro esfuerzo por conseguir la paz en un futuro inmediato, no debemos desfallecer, porque algún día, sin esperarlo, podrían dar fruto.