XXVII. EL MILAGRO DE LA PALABRA 

Allister Sparks

Cinco meses después de su excarcelación en 1990, Nelson Mandela provocó un conflicto diplomático durante una de sus primeras salidas al mundo exte-rior, que no veía desde hacía veintisiete años. Durante una conferencia de prensa concedida en Dublín, recomendó encarecidamente al gobierno britá-nico que intentara resolver el sangriento e interminable conflicto de Irlanda del Norte, mediante el diálogo con el IRA, sin la exigencia de abandonar pre-viamente la lucha violenta por la unificación de la República de Irlanda.

Los medios de comunicación británicos, que hasta ese momento sólo ha­bía tenido palabras de elogio hacia quien pronto sería Premio Nobel de la Paz, se sintieron ultrajados por estas palabras. El periódico The Daily Express describió la afirmación de Mandela como «de una tremenda falta de tacto». Según The Times había cometido un «lamentable tropiezo» que malograría el encuentro que Mandela iba a mantener al día siguiente con la primera ministra británica, Margaret Thatcher. En las páginas de The Daily Mail se sugirió con sorna que posiblemente Mandela, durante su larga reclusión, había desarro-llado una visión tergiversada de la historia que afectaba a todo lo que no tuviera que ver con Sudáfrica.

Un portavoz del gobierno británico reiteró con vehemencia que la posi-ción del gobierno británico era inamovible y que no tenían la menor inten-ción de negociar con terroristas. Incluso el líder del Partido Laborista, Neil Kinnock, un admirador incondicional de Mandela, lamentó que el líder del Congreso Nacional Africano estuviera tan mal informado. «Como amigo,» dijo Kinnock, «tengo que decirle que el IRA Provisional no es más que una pandilla de mafiosos asesinos.»

A pesar de todo, hoy el gobierno británico ha rectificado y ha iniciado un proceso de paz con el IRA. Las conversaciones comenzaron antes de que el IRA hubiera renunciado a las armas. Por lo tanto, es lógico pensar que los polémicos comentarios de Mandela pueden haber servido de catalizadores para hacer tambalear las anquilosadas posturas que se venían manteniendo, facilitando así que el proceso pudiera avanzar. No obstante, en aquel momento también se recogieron algunas reacciones positivas, como la de Gerry Adams, dirigen­te de la rama política del IRA, el Sinn Fein, que declaró que su iniciativa era bien recibida y que estaba preparado para cooperar y para iniciar el diálogo. Adams, que visitó Sudáfrica poco después, encabezó los contactos prelimina-res del proceso de paz en nombre del IRA. Después, una delegación de sudafricanos participó como mediadora para que las negociaciones se desa-rrollaran con normalidad.

La intervención de Mandela sobre el conflicto de Irlanda ilustra el alcance de las lecciones aprendidas por Sudáfrica sobre la importancia de las negocia­ciones para conseguir que la paz se impusiera sobre el hasta entonces inextrica­ble conflicto del apartheid, que contra todas las predicciones no llegó a desatar un baño de sangre masivo entre razas. Cuando en una conferencia de prensa uno de los periodistas británicos preguntó a Mandela sobre si era consciente de que el IRA sólo gozaba del respaldo de una pequeña minoría, Mandela sin-tetizó en su respuesta la lección aprendida por su pueblo, con estas palabras: «Ésa no es la cuestión. El problema es que hay unos grupos de personas que se están masacrando mutuamente, en lugar de sentarse a discutir los problemas de un modo pacífico.» Parece una cuestión de fácil aplicación, pero en realidad es enormemente complicada, sobre todo si se trata de dos facciones enfrenta-das que se encuentran anquilosadas en unas posturas intransigentes y que te-men perder credibilidad ante sus partidarios en caso de comenzar a ceder en ciertos principios que se han elevado a la categoría de dogmas sagrados.