III. EL ENEMIGO DE LA HUMANIDAD
Lee Butler

Después de llevar el uniforme durante 37 años, me acogí a la jubilación anti-cipada en 1994. Durante mi última misión fui designado Comandante Ge-neral de todas las fuerzas nucleares de Estados Unidos y mi última tarea con-sistió en reducir dicho arsenal. La Guerra Fría ya había terminado, por lo que podíamos proceder a reducir el coste en modernización de armas nucleares. Cancelamos los nuevos programas, que hubieran alcanzado un coste de 40.000 millones de dólares y desmantelamos la alerta nuclear que se había manteni-do durante 30 años. Esta decisión fue una recomendación personal mía que el presidente aceptó.

Colgué mi uniforme en el armario con una profunda sensación de alivio, decidido a finalizar el capítulo militar de mi vida y a no volver a hablar en público sobre asuntos militares. Sólo dos años y medio después, cambié de decisión. Una voz interior me impedía vivir callado, la preocupación no me dejaba guardar silencio. Me llevó bastante tiempo decidirme, pero finalmente llegué al convencimiento de que para que el mundo esté libre de la amenaza nuclear, primero tienen que desaparecer las armas nucleares.

Cuando me retiré, confiaba en que el proceso de desarme iba por buen camino. Ahora, con el transcurso de estos dos años, mi consternación ha ido aumentando progresivamente por el modo en el que los trámites burocráti-cos de gran envergadura van pasando por las manos de miles de personas que, por intereses personales, desean que las cosas no cambien realmente. Aunque ésta sea una característica propia de la naturaleza humana, en este contexto la consecuencia a la que nos arriesgamos es la destrucción potencial tanto de la humanidad como de la naturaleza. Por este motivo, me veo en la obligación moral de compartir mi experiencia profesional y mis conclusio-nes al respecto.

Durante los últimos 27 años de mi carrera militar, tuve que trabajar en todos los asuntos relacionados con las políticas nucleares americanas, en un espectro de acción que incluyó desde el asesoramiento al gobierno hasta los centros de comando militar, desde las estrechas cabinas de los bombarderos hasta los agobiantes confines del océano con los submarinos lanzamisiles. Du-rante ese tiempo, firmé cientos de autorizaciones para la ejecución de opera-ciones nucleares y aprobé miles de objetivos para que, llegado el hipotético caso, fueran destruidos en un ataque nuclear. También dirigí las investigacio-nes sobre un número preocupante de accidentes e incidentes relacionados con el armamento y las fuerzas estratégicas. Leí una ingente cantidad de do-cumentos e informes de inteligencia sobre la antigua Unión Soviética y lo que nosotros considerábamos que eran sus intenciones y su potencial. Por mi con-dición de consejero del presidente sobre el uso de armas nucleares, vivía ator-mentado por las complejidades y los profundos dilemas morales y las conse-cuencias desorbitadas que planteaban nuestras decisiones, pues podíamos poner en grave peligro la supervivencia de nuestro planeta.