XXVI. DURAS LECCIONES SOBRE LA PAZ 

Sheikh Hasina

Siempre amé y admiré a mi padre más que a nadie en el mundo. Y no soy la única. Él fue el padre de nuestra nación, el pueblo le respetaba tanto que le bautizaron con un nombre especial, Bangabandhu, que significa «Amigo de Bangladesh». Tras el final de nuestra guerra de Liberación, pudo abandonar su reclusión en el extranjero y regresó a casa para dirigir el país como primer ministro. Sólo tres años y medio después, con las primeras luces del 15 de agosto de 1975, un grupo de militares le asesinó en su residencia de Dhaka a Bangabandhu. Junto a él mataron también a mi madre, a dos de mis herma-nos menores y a sus esposas, con las que acababan de contraer matrimonio, y a mi hermano menor que tenía diez años. Mi única hermana y yo consegui-mos sobrevivir porque, por aquel entonces, nos encontrábamos en Alemania acompañando a mi marido que es científico y estaba ampliando su formación allí. Ésta es la explicación de que aún estemos vivas.

Todo padre deja un legado a sus hijos. El legado que nos dejó mi padre, Sheikh Mujibur Rahman, fue un profundo amor —sin paliativos— por nuestro país y sus gentes, una fe firme en la democracia y en los valores democráticos, el compromiso con unos ideales basados en la libertad religiosa y, sobre todo, un profundo anhelo de paz. Estos valores no son fáciles de alcanzar en un país donde la religión y la naturaleza religiosa de la gente, que en su mayoría son pobres y analfabetos, se vienen explotando desde hace mucho tiempo con fines políticos o para beneficio personal. En definitiva, se trata de un país donde la dictadura militar y otras formas de gobierno autoritario han obsta-culizado la democracia una y otra vez. En mi país, los poderosos son siervos de la violencia y el conflicto, en lugar de constructores de la paz. Por todo ello, tras la trágica desaparición de mi padre, tomé la decisión de perseguir sus mismos ideales contra viento y marea.

Para los asesinos de Bangabandhu, que se hicieron con el poder, no hu-biera supuesto ningún problema acabar con mi hermana y conmigo si se les hubiera presentado la ocasión. Por eso, durante un tiempo vagamos de un país a otro, con la amenaza de la muerte siempre presente y sólo nos fue posible volver a Bangladesh seis años más tarde. Una vez allí, se nos prohibió durante bastante tiempo entrar en la casa donde mis padres y el resto de la familia habían sido asesinados, a pesar de que dicha casa nos pertenecía. Tuve que superar los traumas más terribles. Ahora sé qué conlleva una dictadura militar, ya sea formal o encubierta. Ahora soy consciente de la importancia de la democracia, de la paz y de los derechos humanos. He aprendido estas lec-ciones a lo largo de mi existencia, de la mano de mis propias experiencias y por eso nunca podré olvidarlas.

Bangladesh es un país de reducidas dimensiones con una enorme densi-dad de población. Unos 120 millones de personas viven en una superficie de 147.570 kilómetros cuadrados. El paisaje es muy verde y está surcado por innumerables ríos, colinas y bosques en el sur y el sudeste. Tenemos una len-gua y cultura muy rica. La poesía y la música forman parte de nuestra esencia. Amamos nuestro país, su lengua y su cultura, y sin embargo tuvimos que sufrir y pagar un precio muy alto para poder disfrutar de estas cosas. Nos consideramos defensores de la paz y nuestra idea de paz está estrechamente ligada al amor por nuestra tierra.

La paz es mucho más que la mera ausencia de guerra, violencia o conflic-tos. Cuando los niños se mueren de inanición o por la malnutrición, cuando la gente no dispone de casas donde vivir, cuando no hay tratamiento médico para los enfermos, cuando la gente comete delitos con impunidad, no se pue-de decir que impere la paz. Cuando las personas no pueden decidir ni el modo de gobierno ni los miembros del gobierno que prefieren, y cuando no existe la libertad de credo y de expresión, cuando se está sometido al capricho del poder militar o la dictadura, la realidad no merece ser descrita con la palabra paz. La paz no tiene sentido si la gente no disfruta de la libertad y de su modo de vida. Sólo tiene sentido si todos disponen de la posibilidad de decidir, sin ningún tipo de obstáculo, el tipo de vida que desean.