VII. DERECHOS HUMANOS Y PAZ

Dalai Lama

Es alentador comprobar que hay mucha gente preocupada por las violaciones de los derechos humanos. Su interés no sólo ofrece expectativas de reparación de su sufrimiento a los individuos que sufren, sino que también funciona como indicador del desarrollo y el progreso de la humanidad. La preocupa-ción por las vulneraciones de los derechos humanos y el esfuerzo por proteger su cumplimiento son valores inestimables para las gentes de las generaciones presentes y futuras. Gracias a la Declaración Universal de los Derechos Hu-manos, que entró en vigor hace 50 años, las gentes de todos los lugares del mundo se han hecho conscientes de la gran importancia y valor de los dere-chos humanos.

No soy ningún experto en el ámbito de los derechos humanos. Sin em-bargo, para un monje budista como yo, los derechos de cada ser humano son muy importantes y valiosos, ya que si son respetados, reina la paz. Según la creencia budista, cada ser humano posee una mente cuya naturaleza funda-mental es pura y libre de distorsiones mentales. Es lo que denominamos la semilla de la iluminación. Desde este punto de vista, consideramos que todo ser puede llegar a alcanzar la perfección. Del mismo modo, dado que la natu-raleza de la mente es pura, creemos que todos los aspectos negativos de la misma pueden eliminarse definitivamente. Si nuestra actitud mental es posi-tiva, las acciones negativas de nuestro cuerpo y de nuestras palabras cesan de forma automática.

Puesto que este potencial lo posee todo ser humano, todos somos iguales. Todos detentamos el mismo derecho a ser felices y a superar el sufrimiento. El mismo Buda proclamó que en su orden no debían ser importantes ni la clase social ni la raza. Lo verdaderamente esencial es vivir conforme a unos princi-pios éticos. Como practicantes del budismo, en primer lugar intentamos me-jorar nuestra conducta día a día. Sólo con este fundamento podemos empezar a practicar el aprendizaje de la preparación mental y la sabiduría. En mi acti-vidad diaria como monje budista, tengo que respetar muchas reglas, pero la base que rige todas ellas es un profundo interés y respeto por los derechos de los demás. Entre los compromisos a los que se entrega todo monje o monja budista que haya sido ordenado completamente, el primero obliga a no des-pojar de la vida a otros seres y no robar sus posesiones. Estas normas expresan claramente un profundo respeto por los derechos de nuestros semejantes. Por este motivo, suelo describir la esencia del budismo del siguiente modo: si puedes, ayuda a otros seres humanos; si no puedes ayudarlos, no les perjudi-ques. Este principio revela una honda veneración por los otros, por la vida en sí misma y por el interés en el bienestar de los demás.

Aunque es importante respetar los derechos naturales de los otros, tende-mos a dirigir nuestro comportamiento hacia la dirección opuesta, desoyendo el deber de amar y compadecer. Por este motivo, la clave está en practicar la compasión, el amor y el perdón, incluso cuando nos enfrentemos a la viola-ción de los derechos humanos y nos preocupemos porque sean respetados. Con frecuencia, cuando la gente oye hablar de compasión y amor, tienden a relacionar estos conceptos con las prácticas religiosas, pero no son conceptos necesariamente ligados. No obstante, es esencial que reconozcamos que el amor y la compasión son fundamentales en las relaciones entre seres humanos.

Al comienzo de nuestras vidas y, de nuevo, al alcanzar la vejez, aprecia-mos la ayuda y el afecto de los otros. Por desgracia, entre estos dos períodos de nuestras vidas, mientras somos fuertes y podemos cuidarnos por nosotros mismos, olvidamos el valor que tienen el afecto y la compasión. Puesto que nuestra vida comienza y termina con la necesidad de afecto, ¿no sería más lógico poner en práctica nuestra compasión y amor hacia los demás mientras somos fuertes y capaces?