XX. CONTRA LAVIOLENCIA, PRESENCIA 

Mary Matheson

Paco estaba hablando en la cocina con Mireya Calixto, una defensora de los derechos humanos del noreste de Colombia, cuando de pronto Mario, el marido de Mireya, la llamó. Estaba en otra de las habitaciones de su casa de Sabana de Torres, con Hendrik, el amigo de Paco, y su voz era baja, asustada y temblorosa. Paco entró corriendo en la habitación y había dos hombres armados, uno que apuntaba a Mario y el otro a Hendrik. Estaban aterroriza-dos y los niños comenzaron a gritar «¡No lo mates, no lo mates!» Mientras Paco preguntaba fríamente qué pasaba, Mario aprovechó el momento para salir por la puerta.

Los dos hombres pidieron nerviosamente hablar con Mario, pero Paco le explicó que él y Hendrik eran europeos. «Por favor, márchense; si quieren ha-blar, háganlo de otra forma», dijo Paco con calma. Y los hombres se marcharon.

Si Paco y Hendrik hubieran sido colombianos, los dos pistoleros no ha-brían dudado en coserlos a balazos a ellos y a Mario.

Al menos ésa es la teoría de las Brigadas Internacionales de Paz (PBI), un grupo dedicado a la defensa de los derechos humanos que da trabajo a perso-nas como Paco y Hendrik como «guardaespaldas sin armas». En Colombia hay doce voluntarios que trabajan para las PBI «acompañando» a los defenso-res de los derechos humanos en sus viajes por los pueblos del país dando cuenta de atrocidades y asesorando a sus habitantes sobre sus derechos legales.

Las PBI creen que incluso el asesino más cruel se lo pensará dos veces antes de acabar con la vida de extranjeros desarmados: «Si alguno de nosotros mu-riera, se produciría un gran incidente internacional y la gente lo sabe, los militares lo saben», afirma Tessa MacKenzie, una británica de 28 años que trabaja como voluntaria para las PBI en Colombia.

Puede sonar como un idealismo inútil, pero se trata de una estrategia de paz muy estudiada que, aparentemente, funciona. Financiadas en parte por Christian Aid, una entidad británica sin ánimo de lucro, las PBI desarrollan proyectos en Haití, Guatemala, Sri Lanka y Norteamérica. En los dieciséis años transcurridos desde el comienzo del proyecto, ningún voluntario ha re-sultado muerto.

La mayoría de los voluntarios son europeos o norteamericanos; son informáticos, enfermeras o activistas de los derechos humanos y sus edades oscilan entre los 25 y los 35 años. El grupo comenzó sus operaciones en Co-lombia en 1994, donde el inextricable conflicto enfrenta a las guerrillas de izquierdas contra una coalición del ejército, policía y brutales escuadrones de la muerte, con el tráfico de drogas como complicación adicional.

Pero los hombres armados pocas veces se enfrentan entre sí y prefieren librar su sangrienta batalla por la rica zona petrolífera abriéndose entre la población civil. Mario Calixto, que participaba en el Comité local por los Derechos Humanos era un hombre marcado y las amenazas contra él se acre-centaron después de que el Comité publicara un informe que denunciaba asesinatos, torturas y desapariciones en 1997. Algunos de los casos acusaban a secciones locales del ejército de «hacer desaparecer» personas.