XVII. CONSTRUIR LA SEGURIDAD 

Margareta Ingelstam

Antiguamente, cuando se declaraba un incendio, se gritaba «¡fuego, fuego!» con impotencia y desesperación. Las personas que oían los gritos acudían corriendo con cubos a intentar sofocar el fuego. La mayoría de las veces era demasiado tarde. Gran parte de los bienes quedaban destruidos y muchas personas perdían la vida. En el mejor de los casos, había una fuente de agua cercana y una persona con suficiente autoridad personal para organizar a los presentes para que formaran una cadena de transporte desde la fuente de agua. Poco a poco se fueron inventando métodos especiales y la gente descu-brió que había determinadas herramientas que podrían ser útiles, entre las que se encontraba la bomba de mano. Luego tuvieron que atajar el problema del transporte, porque era necesario tener vehículos especiales que llevaran las bombas, así que establecieron puntos de conexión o parques de bomberos.

También se construyeron sistemas de vigilancia, alarma y comunicación con el fin de poder trasladar a los equipos de rescate tan pronto como fuera posible. Se organizó la colaboración entre los distintos parques de bomberos locales de la zona con vistas a combinar los recursos para incendios de gran-des proporciones.

Poco a poco, posiblemente después de muchos errores y desastres, la gen-te descubrió que podría ser buena idea que quienes fueran responsables de los equipos también recibieran enseñanza específica y formación. Se decidió que a determinadas personas se les proporcionaría formación sobre cómo mane-jar las bombas de mano y, posteriormente, las motobombas. También se les dieron pautas sobre cómo coordinar los equipos de trabajo, cómo evaluar los riesgos y posibilidades de una situación concreta y cómo estar preparados para situaciones muy complejas. A medida que pasaba el tiempo, el trabajo se iba profesionalizando y hoy contamos con grandes equipos antiincendios muy bien preparados con una capacidad de respuesta considerable y muy bien capacitada.

Una de las mejoras más significativas se obtuvo cuando se tomó concien-cia de que lo más importante era la prevención y que era necesario que todo el público tuviera las aptitudes, la concienciación y los conocimientos necesa-rios. La gente de la calle entendió la prevención de incendios, que los cables eléctricos debían estar correctamente protegidos e instalaron paredes a prue-ba de incendios para evitar que el fuego se extendiera a toda la casa, a la casa de al lado o a todo el vecindario, colocaron pararrayos en los tejados de los edificios altos y la gente aprendió a reducir riesgos como, por ejemplo, las pequeñas chispas que podían dar lugar a grandes y devastadores incendios forestales. Había determinadas cosas que se debían evitar, como quemar la maleza después de largos períodos de sequía, fumar en la cama o dejar des-atendidos fuegos o velas. Este tipo de conocimientos y capacidades debe impartirse en los colegios. Los bomberos profesionales visitaban las escuelas regularmente para compartir sus opiniones y experiencias, y también realiza-ban ejercicios, siempre haciendo hincapié en las responsabilidades de todos y cada uno en la contribución a la cultura de la prevención.

Sin embargo, en el escenario internacional, esta misma lógica de la reduc-ción de riesgos y la prevención que se sigue aplicando en cada estado se ve totalmente invertida. Cada vez que un estado presentaba algún aparato ame-nazante, todos sus vecinos se apresuraban a desarrollar otro incluso peor. Pa-ralelamente a la continua mejora de la seguridad de los hogares y edificios, los países del mundo compiten incluso con más intensidad para aumentar su capacidad mutua de provocar riesgos y destrucción e inventar dispositivos de destrucción cada vez más efectivos, primero casas completas, luego manza-nas, después ciudades y por último el mundo entero, en muy poco tiempo. Incluso se permiten el lujo de llamarla política de seguridad y continúan gas-tando inmorales cantidades de dinero para aumentar sin cesar la efectividad de sus métodos de destrucción.

En el período posterior a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional comenzó a prepararse para —como se recoge en el preámbulo de la Carta de la ONU— «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra». Pero las intervenciones internacionales en el Congo, en Irán / Iraq y en la antigua Yugoslavia han pretendido —con mayor o menor éxito— «apagar el fuego».

La «prevención» se ha convertido en un concepto importante en muchos de los sectores de la sociedad moderna. Continuamente se definen estrate-gias, instrumentos, métodos, normas y leyes para evitar enfermedades y de-sastres. Ha llegado la hora de evitar la guerra, de desarrollar métodos y mode-los de trabajo, nuevos mecanismos de seguridad para identificar y afrontar peligrosos conflictos. Necesitamos sistemas de «alerta precoz» y modelos de «acción precoz» para acometer los conflictos a todos los niveles: regional, subregional, nacional y local.