XXI. CÓMO SE LOGRÓ LA CLAUSURA DE UN CAMPO DE PRUEBAS SOVIÉTICO

Lois Ann Nicolai, en colaboración con Yuri Kuidin

Fui ama de casa durante la mayor parte de mi vida de adulta, en Estados Unidos, en la zona rural que de los alrededores de Saint Paul (Indiana), don-de crié a mis seis hijos y procuré que mi marido se sintiera feliz. El mundo de la política me era completamente ajeno y sobre relaciones internacionales no tenía noción alguna. Un buen día, me encontré en Kazajistán, al otro extre-mo del mundo, celebrando la clausura de una zona de pruebas nucleares, en 1991. El lector se preguntará qué fue lo que me llevó hasta allí.

Los cambios en mi vida empezaron a ocurrir en 1983. El 8 de agosto falleció mi marido. Dos semanas más tarde, el menor de mis hijos se fue a empezar el curso en la universidad. De este modo, pasé de tener cinco hijos y un marido en casa, a no tener a nadie. Un cambio radical, ya que de pronto me encontré sola.

Después de dejar a mis hijos bien instalados en la universidad, decidí regresar a mi pueblo natal en Nueva Jersey para vivir con mis padres. Volví a dormir en mi antiguo dormitorio de la infancia. Durante un par de años me dediqué a pasear por la playa todas las mañanas, viendo amanecer e intentan-do encontrar una respuesta en mi alma que acallara la gran pregunta que me inquietaba: ¿Qué podía hacer con la segunda mitad de mi vida?

Durante la cena de celebración de mi 50 cumpleaños, anuncié a mis hijos, que me miraban estupefactos, que me mudaba a una ciudad universi-taria donde iba a empezar a aprender todo lo que pudiera sobre relaciones internacionales y construcción de la paz. Estaba decidida a realizar mi con-tribución a un mundo mejor y, de hecho, ya había llamado a las puertas de Princeton y me había informado sobre el modo en el que podía comenzar mi formación sobre asuntos internacionales. En la Oficina de Registro de la Universidad me habían recomendado entrevistarme con el Profesor Richard Falk, que me hizo saber que Princeton era el sitio adecuado para aprender lo que yo estaba buscando.

De este modo, equipaje en mano, me marché a Princeton para adquirir algo de todo el conocimiento al que había renunciado al haberme casado tan joven. Compartía el sueño de muchos cientos o miles de personas, ya que pensaba que, de haber tenido la oportunidad de estudiar o de ser famosa, rica e influyente, me hubiera gustado poder hacer algo útil por el mundo. Por suerte, me atreví a confiarle mis inquietudes a una profesora visitante rusa, la Doctora Elaina Ershova a la que expliqué que me sentía algo avergonzada, pues creía que nunca se tomaría en serio a una persona sin titulación. Ella me dijo que en el mundo ya hay suficientes debates y escritos de carácter acadé-mico y que lo que se necesita urgentemente es gente que de verdad quiera ponerse a trabajar, comunicar, movilizar y convencer a los demás para que se impliquen en la acción.

Tres años después, en 1990, me apunté como voluntaria para colaborar con la organización Parliamentarians for Global Action (Parlamentarios para la Acción Global) durante la reunión sobre la moratoria nuclear que tuvo lugar en Washington. Allí conocí a Olzhas Suleimenov, un diputado elegido democráticamente como representante de Kazajistán en el Soviet Supremo en Moscú. Pronto nos hicimos buenos camaradas y me invitó a organizar una delegación de ciudadanos estadounidenses para ir a Kazajistán.

Nunca olvidaré el momento en que llegamos al campo de pruebas nuclea-res de Semipalatinsk. Después de recorrer un desierto interminable, el autobús llegó a su destino. Al mirar por las ventanillas vimos a unos 7.000 nómadas kazajos que esperaban bajo el intenso sol del mediodía para ser testigos de la clausura de la zona de pruebas nucleares junto a los primeros estadounidenses que veían en su vida. Pasamos el resto el día en su compañía, disfrutando de sus palabras y sus cánticos, compartiendo con ellos la comida típica y bailando sobre la arena del desierto hasta que el sol se ocultó en el horizonte. De este modo logramos crear fuertes lazos personales entre nosotros.