XIX. BIENVENIDOS A ROBBEN ISLAND 

Nelson Mandela

Una noche de finales de mayo vino un vigilante a mi celda y me dijo que hiciera las maletas. Le pregunté por qué, pero no me respondió. En menos de diez minutos me condujeron a la sala de recepción donde encontré a otros tres presos políticos: Tefu, John Gaetsewe y Aaron Molete. El coronel Aucamp nos comunicó secamente que nos iban a trasladar. ¿Adónde?, preguntó Tefu. A un lugar muy bonito, contestó Aucamp. ¿Adónde?, insistió Tefu. A ‘La Isla’, dijo Aucamp. La isla. Sólo había una isla: Robben Island.

A los cuatro nos encadenaron unos a otros y nos metieron en una furgo-neta sin ventanas donde sólo había un cubo para hacer nuestras necesidades. El viaje hasta Ciudad del Cabo duró toda la noche y llegamos a los muelles de la ciudad ya bastante entrada la tarde. No resulta nada fácil, ni agradable, para unos hombres encadenados entre sí utilizar un cubo sanitario en una furgoneta en movimiento.

Los muelles de Ciudad del Cabo estaban atestados de policía armada y de nerviosos oficiales de paisano. Nos hicieron permanecer de pie, todavía enca-denados, en la bodega del antiguo ferry de madera, lo que era bastante difícil por el balanceo del barco, que se hizo más intenso al alejarnos de la costa. La única entrada de luz y aire que teníamos era un pequeño ojo de buey. Pero el ventanuco también tenía otro objetivo: los vigilantes se divertían orinando encima de nosotros desde la parte superior. Todavía había algo de luz cuando nos llevaron a cubierta y vimos la isla por primera vez. Era muy verde y muy bonita, a primera vista más bien parecía un centro turístico que una prisión.

Esquithini. «En la isla.» Así definen los xhosa el estrecho peñón de roca azotado por el viento que queda a dieciocho millas frente a la costa de Ciudad del Cabo. Todo el mundo sabe a qué isla se está haciendo referencia. La pri­mera vez que oí hablar de la isla fue cuando era niño. Robben Island era muy conocida entre los xhosa desde que Makanna (también conocido como Nxele), un comandante del ejército xhosa, de casi dos metros de alto, que participó en la Cuarta Guerra de los xhosa, fue desterrado a ella por los británicos tras conducir a diez mil guerreros a Grahamstown en 1819. Intentó escapar de la isla en bote, pero se ahogó antes de llegar a la costa. El recuerdo de esa pérdi­da está muy arraigado en el idioma de mi gente, que habla de una «desespera­da esperanza» con la expresión kuza kuka Nxele.

Makanna no fue el primer héroe africano en ser confinado en la isla. En 1638 Autshumao, conocido por los historiadores europeos como Harry el «Cortamaromas», fue desterrado por Jan van Riebeeck durante una guerra entre los Khoi-Khoi y los holandeses. Yo encontraba consuelo recordando a Autshumao, porque tiene la fama de haber sido el primer y único hombre que pudo escapar de Robben Island, lo que consiguió remando hasta la costa continental en un pequeño bote.

El nombre de la isla procede de la palabra foca en holandés, porque en una época cientos de estos animales retozaban en las corrientes heladas de Benguela que bañan sus costas. Más tarde la isla fue una colonia de leprosos, un manicomio y una base naval. Hacía poco tiempo que el gobierno la había vuelto a convertir en prisión.

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Nos recibió un grupo de guardas blancos que gritaban burlescamente: Dis die Eiland! Hier julle gaan wrek! («Ésta es la isla. ¡Aquí es donde vais a morir!») Ante nosotros había unos barracones custodiados por guardias. El camino que llevaba a los barracones también estaba flanqueado por guardias. La si­tuación era muy tensa. Un guardia alto y con la cara roja nos gritó: Hier ek is you baas! «¡Aquí vuestro jefe soy yo!» Era uno de los famosos hermanos Kleynhans, muy conocidos por la brutalidad con que trataban a los presos. Los guardias siempre hablaban en afrikaans. Si les contestábamos en inglés nos decían: Ek verstaan nie daardie kaffirboetie se taal nie. «Yo no entiendo ese idioma de los amigos de los negros».