XXX. ACTIVISMO A FAVOR DEL DESARME NUCLEAR

Alyn Ware

Árbol, deja caer tus brazos no los levantes en súplica hacia esa brillante nube velada. No importa que tus brazos no tengan fuerza ni resistan, porque ésta no es hacha que desafilar, ni fuego que apagar... porque este sol no es normal.

Un sol fuera de lo normal (No Ordinary Sun), de Hone Tuwhare

Presenciar la destrucción de Hiroshima en 1945 movió a Hone Tuwhare, un funcionario de Aotearoa (Nueva Zelanda), a escribir un ya clásico poema antinuclear, «Un sol fuera de lo normal», en el que se lamentaba por la impo-tencia de la vida ante el armamento nuclear. En los umbrales del nuevo milenio, en los arsenales de todo el mundo quedan 30.000 armas nucleares, muchas de ellas listas para su uso inmediato, y los estados que las poseen no dan muestras de estar dispuestos a eliminarlas. ¿Nos encontramos tan inermes ante la bomba como el árbol de Tuwhare?

La antropóloga Margaret Mead dijo en cierta ocasión: «Nunca duden que un reducido grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos pueden cam-biar el mundo. De hecho, ésa ha sido la única cosa que ha funcionado hasta ahora». Mi experiencia de los últimos siete años, como activista a favor del desarme nuclear ante las Naciones Unidas (ONU) y en las capitales de los principales países de todo el mundo, refuerza esta afirmación. Un número relativamente pequeño de activistas, respaldados por gran cantidad de simpa-tizantes, está utilizando los foros internacionales habitualmente limitados a los gobiernos, como el Tribunal Internacional de Justicia, la Asamblea Gene-ral de las Naciones Unidas, la Conferencia para el Desarme y las Conferen-cias para la Revisión del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, para poner en tela de juicio el dogma de la disuasión nuclear. Ellos, en cola-boración con las iniciativas antinucleares de base, podrían conseguir un des-arme nuclear efectivo antes de lo que hoy imaginamos.

En 1996, el Tribunal Internacional de Justicia determinó que la amenaza

o el uso del armamento nuclear es generalmente ilegal y que existe la obliga-ción de negociar para lograr su total eliminación. Las implicaciones de esta decisión son enormes. Los estados que disponen de armamento nuclear ya no pueden dar por supuesto que sus políticas o prácticas nucleares sean legales salvo que se pruebe lo contrario. Ahora es a la inversa.

El caso fue impulsado por un pequeño grupo de ciudadanos y apoyado por gobiernos antinucleares a través de contactos personales con los principa­les responsables gubernamentales. Se puso en marcha una campaña ciudada­na, el Proyecto del Tribunal Internacional, para ayudar a los gobiernos a so­portar la inevitable presión que los estados con armas nucleares ejercerían para bloquear la iniciativa y para proporcionar asistencia que reforzaría los argumentos del caso (véase el artículo de Dewes).

En Nueva York, el LCNP, Lawyers’ Comittee on Nuclear Policy (Comité de abogados sobre política nuclear), actuó como centro de la campaña, coordi-nando las iniciativas encaminadas a ejercer presión para conseguir la resolu-ción de las Naciones Unidas, necesaria para presentar el caso ante el Tribunal, e informando a los seguidores de todo el mundo sobre las actuaciones que sus distintos gobiernos estaban realizando en la ONU.

Ese largo camino hacia el Tribunal se vio apoyado por muchas pequeñas acciones que tuvieron un impacto significativo sobre el resultado. Quisiera citar dos ejemplos.

En 1993, cuando el movimiento de las Naciones No Alineadas (NAM) discutía la adopción de la resolución, Malasia, uno de los principales miem­bros del movimiento, cuestionó lo acertado de la iniciativa en una reunión del NAM celebrada en Nueva York. Dado que el NAM requiere que las decisio­nes se tomen por consenso, las dudas de Malasia amenazaban la propuesta. El Dr. Ron McCoy, director de la asociación malasiana de médicos para la pre­vención de la guerra nuclear, realizó una petición especial al embajador de Malasia ante las Naciones Unidas, alguno de cuyos hijos había ayudado a nacer, respondiendo a las preocupaciones concretas que Malasia había expre­sado. Este hecho ayudó a que Malasia no sólo apoyara el caso y su presenta­ción, sino a que también tuviera un papel destacado en el mismo. Designaron a Peter Weiss, el presidente de la LCNP, como cónsul jurídico para