IV. ACERCA DE LA GUERRA, LA PAZ Y LA RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS

Alicia Cabezudo

En diciembre de 1955, una mujer —Rosa Parks—  entró en un autobús de Montgomery, Alabama. Esta ciudad era de las más activas en Estados Unidos de América en cuanto a las políticas de segregación y represión racial. Su corto viaje provocó una revolución en las relaciones raciales en el país. Hasta entonces los «negros» eran obligados a sentarse en la parte trasera de los auto-buses, pero ese día, ella y otros tres pasajeros de color,  habían encontrado asientos vacíos en el medio. Tras algunas paradas entró un hombre blanco por lo que el conductor exigió a los cuatro «negros» que abandonaran sus asien-tos; ningún «negro» debía sentarse junto a un blanco.

Tres de ellos obedecieron, pero Rosa Parks no quiso ceder. «¡No! Estoy cansada de que me traten como a un ciudadano inferior». Con éstas se agarró la mujer a su asiento hasta que fue arrestada y sacada por la fuerza por dos policías que la multaron con 10 dólares.

El incidente desencadenó una reacción furiosa en la comunidad negra. Desde el primer lunes rechazaron todos usar los autobuses de la ciudad. Para viajar utilizaban colectivamente los coches privados y muchos taxistas sólo co-braban la tarifa del autobús. Así consiguieron que la compañía de autobuses perdiera el 65% de sus ingresos. Las autoridades locales intentaron castigar estas manifestaciones y a sus líderes pero perdieron su batalla en la corte de justicia local, la cual dictaminó que la segregación en los autobuses era incons-titucional. Un año después, la Corte Suprema del país, ratificó el dictamen.

Rosa Parks no había planeado su protesta. Sólo estaba cansada ya que, después de una larga jornada de trabajo, había estado comprando y llevaba consigo regalos de Navidad. Lo único que deseaba era reposar un rato y poder estar relajada y tranquila. Sin embargo su acto puso en marcha una campaña de protesta mucho mayor liderada por Martín Luther King. Pronto se movi-lizaron, en una lucha no violenta, tanto negros como blancos, activistas por los derechos civiles. Entre otras acciones de protesta empezaron a violar a propósito las leyes de segregación racial en los autobuses y mostraron al mun-do su ilegitimidad (algo que requería tanto coraje como cualquier lucha ar-mada ya que estos ciudadanos solían ser brutalmente golpeados).

Rosa Parks debía estar demasiado cansada para soportar otra injusticia y humillación. Quizá fue la gota que hizo derramar al vaso. Pero algo, por enci-ma de todo, puede explicar su reacción instintiva: la educación.  Rosa  se había unido al movimiento de liberación negra y sólo unas semanas antes había participado en un taller multirracial en donde fue entrenada en la des-obediencia civil.

La Educación para la Paz y el respeto a los Derechos Humanos adquiere en nuestros días una particular actualidad al contrastar los valores que ella implica con los horrores de la guerra y la destrucción que nos conmueve dia-riamente.

Resulta difícil explicar la persecución indiscriminada, las masacres y las operaciones de limpieza étnica en el discurso educativo y ante la indagación atónita y sorprendida de nuestros alumnos. Resulta aún más difícil clarificar estos procesos cuando la solución posible para actos de esta categoría son, a su vez, bombardeos continuos sobre ciudades y población